El abuelo misterioso

Juanita Chiviliú

 

Cada cabello de su cabeza refleja la sabiduría de su alma.

Mi abuelo, en la lengua maya tz’utujil, se llama Xeep (José), como algunos de los  abuelos del municipio de Santiago Atitlán.  Es ajq’iij (sacerdote maya). Este  es un cargo de gran importancia pues son ellos los encargados de agradecer y pedir bendiciones por las cosechas, el bienestar de las familias y la cura de las enfermedades a los creadores del cielo y de la tierra y a Dios.

Desde niño, su vida ha sido un gran misterio. Su padre, antes de fallecer, le instruyó en su labor y le enseñó cómo ver el futuro, cómo se dan o se darán las cosas, cómo se curan las enfermedades, cómo se dibujan los mil caminos que ha recorrido, y cómo se crean las arrugas de su cara que son la huella de los lugares que ha visitado, ofreciendo sacrificios o ceremonias para el bien de los que sus servicios piden.

Una ceremonia maya consiste en ofrendar incienso, velas, pan, azúcar y  chocolate, entre otros alimentos y elementos. Todo esto suele ser quemado para que los guardianes del cielo puedan alimentarse de ello y así bendecir a sus hijos de la tierra. Normalmente, la ceremonia se inicia con una oración especial. Como dice el abuelo,  es un secreto. Después, se invocan los 20 nahuales o  guardianes de los días, pues hay días más especiales que otros para hacer una u otra actividad. Después de la invocación, se realizan las peticiones de los favores que se necesitan, se da la ofrenda y se celebra un rito un poco largo. Al final, se agradece la asistencia a los participantes y se les da la bendición.

El abuelo utiliza algunas herramientas especiales que no se consiguen en cualquier parte. Él cuenta que algunas de estas se ven como piedras o pelotas de cristal pero no lo son porque proceden de sus antepasados. También participa en las cofradías desde que era joven y ha sido cargador de Maximón (imagen que, para algunos, procede de la idolatría). Nos cuenta algunos misterios sobre esta figura que muy pocos conocen porque los grandes antepasados decían que no debían de ser revelados pues, de ser así, los guardianes se enojarían por haber roto las reglas. Por eso dejaremos esta parte de la historia para una próxima ocasión.

En Santiago Atitlán, algunas personas piensan los ajq’iij como mi abuelo hacen daño, pero esto no es cierto pues muchos trabajan para el bien.

Últimamente, cada día que pasa estos personajes se están quedando relegados en la historia colectiva y en el pasado pues sus servicios ya no son  requeridos como antes. Ahora, la gente busca otras formas de alcanzar éxito y la prosperidad en sus negocios y con sus familias.

*Juanita Chiviliú, estudiante de Pscicología en la Universidad Mariano Gálvez de Guatemala y de Magisterio en el Instituto de Educación Diversificada CEDUCA, forma parte del equipo de la Escuela Puerta Abierta de Santiago Atitlán (Guatemala) desde hace más de seis años. La Puerta Abierta es un centro comunitario que ha abierto muchas puertas al desarrollo de la comunidad de Atitlán por medio del desarrollo de varios programas que fomentan el pensamiento crítico, la creatividad y la alfabetización. La escuela tiene un programa de club de lectura a través del cual se fomenta entre los jóvenes, los maestros y los niños el hábito y el amor por la lectura y la escritura. La Puerta Abierta es un rayo de esperanza en la comunidad de Santiago Atitlán. El verano pasado formó parte de un intercambio con la Escuela de Ashram Paryavaran School, en el Himalaya hindú.

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