Ligia Beatriz Villafaña Trujeque

TIEMPO… ¿qué eres? ¿Acaso humo? ¿Acaso viento? Te siento pero no te veo. Sin embargo, ahí estás, desde el instante mismo de la concepción del ser humano. Nombrando este inicio original como instante ya estoy usando uno de los tantos sustantivos que contiene tu nombre de apenas seis letras: segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos… y muchos más.
Tiempo: eres todo, eres nada, contigo todo, sin ti nada. La Vida es tiempo, el Tiempo es vida. En el mundo de los seres humanos y animales te llamamos vida; en el de la flora y la fauna, existencia y ciclos.
Eres inalterable e inexplicable, tremendamente exacto. ¿Podría llamarte perfecto? Creo que sí; eres justo y en ocasiones caprichoso, siempre preciso. Nosotros, los seres humanos, te alteramos y queremos ajustarte cuando somos nosotros los que debemos alinearnos contigo y no complicar nuestra existencia. Tu paso, indudablemente, deja huella y enseñanza pues proporcionas espacios para aprender con la naturaleza que nos rodea, aunque muchos no lo noten. Formas parte de esos lapsos que tenemos muchas veces a solas sin nada que hacer y que nos parecen aburridos. En la gestación, a veces, te alargas y alarmas; otras te acortas y también lo logras. Si algo no se da en la medida que se ha trazado viene la angustia pero tú, sabiamente, no te equivocas. Tarde para unos, temprano para otros, pero llegas cuando así debe ser. ¿Por qué? ¿Para qué? Tantas situaciones, tantos cambios de última hora. Tengo tantas preguntas que creo que solamente Dios tiene las respuestas de por qué te haces corto o en ocasiones eternamente largo y en realidad eres el mismo para todo y para todos.
Se te invoca mucho para curar heridas sentimentales y sobrellevar duelos. Suele decirse que solamente contigo se podrán sanar dichas heridas o pérdidas. El niño te ignora, el joven te desperdicia, el adulto quiere multiplicarte y el anciano te siente, te lleva con él y carga con tu peso, convirtiéndose en tu amigo o renegando de ti. Sabes dejar huella a tu paso: en las flores, en las plantas, en los frutos, en los animales y, sobre todo, en el hombre y en la mujer. En la flor y en el fruto. Cuando comienza a notarse tu huella es porque está por terminar tu acción, pues tienes una medida.
En el reino animal, te luces corto o largo para lograr aumentar su población y en el hombre las cosas son bien diferentes. En el ser humano tus huellas son profundas pues su libre albedrío va de la mano con lo que ha hecho durante tu paso, cómo te ha tratado, si no te ha respetado en los espacios que marcas para una vida sana, etc. Te has dividido de tal forma para que hombres, mujeres y niños puedan vivirte con mesura, conscientes de los daños que ocasiona usarte mal, sobrecargarte, estirarte, jalonearte, pero muchos así lo hacen. No usan el lapso de tiempo para descansar y te acomodan como quieren. Si vas ligado a la vida, esto tendrá sus consecuencias.
En los animales todo es diferente. Tú reinas, pues de ti dependen para su alimentación, su descanso y su protección cuando llega la noche. De alguna forma, les haces sentir a muchas es­pecies cuando deben abandonar un lugar para emigrar a otro lejano con algo que, ¡claro!, eres tú mismo: las estaciones del año. Y para su reproducción llevan contigo perfecta armonía y un orden impuesto por ti.
Quiero continuar con nuestra plática, Tiempo. ¡He estado pen­sando tanto en ti! Me has dado todas las facilidades para hacerlo. Y es que me tiene asombrada todo lo que he descubierto de ti. Increíble. Eres algo grande, universal, presente en todo y desde siempre. Por ejemplo, en la creación del Mundo de la mano de un Ser Supremo, en mi caso Dios. La Biblia me cuenta que el Mundo se hizo en seis días y el séptimo el Ser Supremo descan­só, y detalla qué se hizo día a día… ¡fabuloso! Hasta Dios te tomó en cuenta. Con tu medida realizó su Obra. Ya te había inventado o ya existías. Y al decir días cabe decir que la Tierra tiene movimientos de rotación y translación regidos por ti, pues acompañas a nuestro planeta en su viaje acercándose al sol y alejándose de él, fenómeno que da lugar a las cuatro estaciones del año, tan importantes y fundamentales para la vida de las plantas y las flores así como en la procreación de los animales y su consecuente supervivencia.
Con la Luna eres una especie de cómplice, pues sus ciclos exactos manejan las mareas, algunos hábitos de animales y hasta influyen en la conducta de algunos seres humanos y se dice por ahí que tienen algo que ver tú y la Luna en la forma­ción del embrión para que se convierta en varón o en niña. ¿Será esto cierto? Eres sumamente útil, pues con tus medidas de días, meses, años o siglos le podemos poner fecha a las apariciones de cometas o al movimiento de asteroides y meteoritos. Estás presente en la materia espacial. Los astronautas te siguen metódicamente para sus estudios cuando están en órbita. Tu importancia existe afuera de la atmósfera y también en la superficie terrestre y en el fondo de los mares.
Tiempo, eres formidable y, sin embargo, te echan la culpa de muchas cosas. Si algo salió mal, la excusa es, en muchas oca­siones: no me dio tiempo de hacerlo bien. Esto es mentira, pues dicha persona no supo calcular el espacio que necesitaba para ello. Con el tiempo olvidarás. Dicha idea puede ayudar a alguien que sufre pero por más espacio que se quiera tomar la perso­na, si no quiere olvidar no lo hará jamás. Y así ocurre siempre que se escudan en ti para superar malas rachas.
Tu símbolo es el reloj, conocido por todas las personas desde la infancia. Este instrumento ha tenido variaciones desde la época antigua. Encontramos el reloj de sol, el reloj de arena, el reloj eléctrico, etc. De niños nos enseñaban a leerlo. Mi mamá me decía, como yo también les dije a mis hijas:

—Cuando la aguja grande esté en el 8 y la chica en el 10…

¡No resultaba tan fácil leerlo! Mis nietos, en cambio, me dan la hora con los segundos exactos viéndola en su reloj digital. Ya se perdió el tic-tac, ¡tanto que gustaba a muchas personas! Incluso algunas no podían dormir si no lo escuchaban cerca recordando, quizás, el palpitar del corazón materno.

Tiempo, algo que me inquieta es la necesidad que tiene la gente por llevar tu símbolo, tu instrumento (el reloj), atado al brazo. Pareciera que es una prioridad saber exactamente en qué momento estamos en el ahora. Yo también, por costumbre, llevo reloj y además confieso que me gustan mucho pues, en la actualidad, los encontramos de distintos estilos, tamaños, diseños, colores y formas. Con la edad, he descubierto que lo consulto poco, pues le pongo más interés a las cosas que me absorben y que me apasionan y ya ni me acuerdo del reloj y de tu paso cotidiano, Tiempo. Esta es alguna de las ventajas de la edad. Los pendientes disminuyen, la atención a los hijos termina y la vida se va haciendo rutinaria.
Pero hablemos de la gente joven activa que vive todo tu día, todo su día, de manera vertiginosa. Ellos y ellas son los que quieren estirarte o multiplicarte. Te recargan, amigo, y viven sujetos al reloj corriendo de aquí para allá. Además, luego te echan la culpa de lo que no alcanzaron a terminar. Yo también lo he hecho. No creo que esto te guste. No es lo planeado. No estás en el mundo para eso, pero cada vez hay más gente, más vehículos, lugares a donde ir en un mismo día en varias ocasiones que están alejados unos de los otros… Por eso las personas no pueden perder de vista el reloj. Lo miran una y otra vez. Dependen de él y de lo que sus manecillas marquen para alcanzar un tren, un asiento en un espectáculo o para llegar a dos o tres escuelas distintas para dejar a los hijos. Estos límites de tiempo y de espacio com­portan prisa, mucha prisa, y cualquier inconveniente implica un caos familiar y mucho desgaste emocional y físico.
A ti, Tiempo, te gusta que te saboreen, que te disfruten, que te vivan minuto a minuto en el hoy y en el ahora, en el momento presente, pero los seres humanos tenemos la tendencia de echar a perder lo planeado por nuestro Creador y le exigimos más, trastocando así la naturaleza misma. Consumimos y no renovamos, queremos cada vez más de todo, más de ti. Nos imponemos hacer más cosas de las que realmente nece­sitamos. En el espacio con el que se deben llevar bien hechas dos situaciones queremos acomodar cuatro. ¿Qué ocurre? Nos enfrentamos a otras personas por un lugar. Discutimos con ellas por su supuesta lentitud en un servicio. En las calles se maneja el carro con agresividad. ¿Y cuál es el resultado? ¿Vivimos? Sobrevivimos.
Si a alguna de estas personas que tiene momentos así le pre­guntamos: ¿cómo está el día?; ¿se fijó en el ambiente agradable de la oficina del banco al que fue?; ¿notó aquel avión en el cielo que brilla con el Sol como una estrella y que va dejando su este­la formando así un espectáculo sin parangón?; ¿qué canción iba escuchando? (pues de ley llevamos música); ¿aprovechó los momentos conduciendo para tararearla? Estoy segura de que la respuesta sería: ¡NO! Hay que recordar lo que la terapia Gestalt recomienda: “Una cosa a la vez para disfrutar la figura de las cosas e ir formando nuestro fondo”. Queriendo abarcar mucho los hombres, las mujeres y hasta los niños acaban en el terapeuta confundidos y se les repite:

—Una sola cosa a la vez.

En tu sabiduría, Tiempo, sabes que todo tiene que llegar. Como yo, que pasé la etapa de las prisas y aquí estoy. Si con madurez tomamos el ejemplo de alguien que ya te vivió y le pidiéramos que nos diga algo de su experiencia acerca de los temas que hemos estado platicando, sería muy interesante. Esta reflexión es una meditación que hago con la madurez que me da la edad y con todo lo que he vivido hasta ahora. No me arrepiento de nada. Logré muchas cosas. Hay que vi­vir el momento. No pasa nada si no se logra todo en un día. Debemos establecer prioridades. Lo mejor es no planear más de lo que cabe en el tiempo que se va ocupar, establecer tiempos holgados y con margen, disfrutar, reír, tomar las cosas con calma y apreciar que el mundo es mucho más bello de lo que imaginamos. Hay momentos que recuerdo, muy hermosos, que fueron logrados con agitación previa, con prisas, roces y discusiones… Si alguien me hubiera podido advertir que con organización, con calma, respirando hondo y con mente positiva y previsión y tomando muy en cuenta que el Tiempo es el Tiempo, ni un minuto más ni uno menos, respetando sus límites, administrándolo y teniéndolo como aliado siempre, no culpándolo, créanme, se hubieran gozado todavía más.

Si tuvieras voz, ¿qué me contestarías?

*La autora es una artista visual y escritora yucateca que forma parte de la Sala de Lectura que coordina la psicóloga Sylvia Cabrera en el marco del Diplomado en Formación Humana Integral de la Universidad Marista de Mérida, Yucatán. Es una persona entusiasta y metódica que desde el principio del Proyecto Ja’ab mostró su interés y motivación en esta propuesta literaria. Lo mismo ocurrió con sus compañeras. Junto a ellas y a otros compañeros redactó el noveno libro de la colección del Proyecto Ja’ab titulado (¡) Raíces (?), que es un compendio de historias narradas en primera persona por varios personajes que conforman la cosmovisión colectiva del imaginario identitario yucateco. La Sala de Lectura de la Universidad Marista es un modelo ejemplar de fomento de la escritura y la lectura en los adultos mayores. A continuación, se puede leer el texto introductorio del libro mencionado, escrito por ella, que versa sobre el paso del tiempo.

2 comentarios

  1. Me gusta mucho, como que yo lo escribí, es decir encontrarlo en su pagina es un honor para mí. si se comunican conmigo, tengo muchos artículos si gustan .

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