Leer en tiempos del cólera

Joan Serra Montagut 

México es uno de los países del mundo donde es más peligroso ejercer la profesión de periodista. Cada 22 horas – según el informe M.I.E.D.O (Medios, Impunidad, Estado, Democracia, Opacidad) de la organización Artículo 19 – un periodista es agredido en este vasto país. Los datos fluctúan según las fuentes consultadas, pero está claro para todas ellas que México está entre los diez países del mundo donde ejercer la profesión de periodista es un riesgo mayor. Para muchas de ellas, los datos son aún más alarmantes. La Federación Internacional de Periodistas, por ejemplo, presentó en febrero de 2016 un informe en Bruselas y recalcó que México ocupa el tercer lugar entre las naciones más letales para los periodistas (sobre todo los de investigación) después de Irak y Filipinas.
En el país murieron más de 100 periodistas (que se conozcan, se especula que hay varios más que acrecentarían la lista negra) en los últimos 25 años. Múltiples factores podrían explicar esta violencia contra la palabra escrita y la verdad publicada pero hay algo que es evidente: en México se coarta, desde las instituciones de gobierno y desde las grandes corporaciones regentes de monopolios indestructibles, la libertad de expresión de los ciudadanos. Hay miedo a la comunicación abierta y plural. No hay ventanas plurales para que la ciudadanía se exprese libremente sin miedo a represalias. Aún existe en el recuerdo de la sociedad mexicana la desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero, uno de los más pobres del país. Veracruz y Oaxaca, entre otros estados, sufren la violencia contra los periodistas más que ninguna otra dependencia federal y el norte de México sigue siendo un foco explosivo de violencia en general (no solamente contra los periodistas) derivada, sobre todo, del narcotráfico. Ante tanta presión, múltiples soluciones podrían ser viables para reducir la tensión, pero la educación, como siempre, es la principal garantía de éxito para revertir la situación. Nosotros confiamos en ella cuando iniciamos la andadura del Proyecto Ja’ab porque creemos que, en tiempos del cólera, leer es la única solución viable que nos puede permitir crear nuevos mundos más justos, pacíficos e igualitarios.
Más allá de los datos deprimentes sobre la situación de la libertad de expresión en su territorio, México es también uno de los países iberoamericanos con un hábito de la lectura más reducido y así lo destacó la UNESCO en un informe titulado Hábitos de la lectura. Hace casi una década, México ocupaba el puesto 107 de una lista de 108 países analizados. Se dedujo, bajo la pesimista corroboración cuantitativa que arrojaba este estudio, que los hábitos lectores en México eran una asignatura pendiente que debía ser solventada por toda la sociedad, sobre todo desde las instancias de gobierno. A pesar de los esfuerzos gubernamentales (suficientes para algunos, insuficientes para muchos), las bibliotecas públicas no se llenan y hay un desinterés aparentemente generalizado por la lectura, y es que según manifiesta otra encuesta, en este caso del CONACULTA (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, reconvertido recientemente en Secretaría de la Cultura),
solamente el 10% de los mexicanos y mexicanas asisten a las bibliotecas públicas.
¿Se podría establecer un paralelismo entre la inseguridad de los periodistas, la situación de alienación de la sociedad mexicana ante las injusticias que se cometen a diario con total impunidad y la falta de lectura? Probablemente, sí. En alguna ocasión, el presidente Kennedy dijo refiriéndose a los Estados Unidos: “Si esta nación es tan sabia como fuerte, si queremos alcanzar nuestro destino, entonces necesitamos más ideas nuevas y más hombres sabios y, sobre todo, más libros buenos en más bibliotecas públicas”. El escritor Ralph Waldo Emerson comentaría lo siguiente: “En muchas ocasiones, la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre, decidiendo el curso de su vida”. Esto le ocurrió a Mario Vargas Llosa, que siendo Premio Nobel de Literatura, aún recuerda el día en el que empezó a leer: “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. A la frase del peruano le podríamos sumar la cita del checo más conocido mundialmente, Frank Kafka: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”. Cómicamente, el gran Groucho Marx admitió que la televisión era muy educativa pues cada vez que alguien la encendía él salía de la habitación y se iba a otra parte a leer un libro”. Para todos ellos, y seguramente para todos nosotros, el libro es un motor innegable de cambio social.
Los beneficios de la lectura  en la educación primaria, secundaria, superior y en la educación para toda la vida es incuestionable y nos podríamos referir a cientos de investigaciones que enlazan los hábitos de lectura con muchas de las cosas buenas que nos pueden pasar a los seres humanos si confiáramos un poco más en los libros y en el poder de la cultura y de la educación. Solamente a través de la lectura podemos ser, parafraseando las citadas celebridades políticas y literarias, seres “sabios, afortunados, inconformistas, insumisos, críticos y progresistas”. Mejores seres humanos capaces de romper con el “hacha de la palabra” escrita y leída la pátina espesa y aparentemente incorruptible del mal mundano. En un país con tantos televisores per cápita la lectura se erige, sin duda, como en cualquier nación del mundo, como bálsamo poderoso que elimina la injusticia y genera cambios positivos, soñando colectivamente en nuevas soluciones para necesidades cada vez más alarmantes en un mundo que se renueva cada día y que solamente a través de la cultura y la educación podrá ser integrador y plenamente intercultural.

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