Norman Manea

Vengo de una región donde vivían personas y libros», dijo un gran poeta del exilio. Estas palabras podrían haber sido dichas también en sus respectivos exilios por Joyce o Nabokov, Dante o Víctor Hugo, Thomas Mann o Czeslav Milosz, o por Soljenitzin, Joseph Brodsky o Bashevici Singer. Fueron pronunciadas de hecho por Paul Celan, el más importante poeta en lengua alemana del siglo XX, nacido en mi cosmopolita Bucovina, que se suicidó durante su exilio en París. Me atrevo a repetirlas yo también hoy, en esta festiva celebración de la creatividad, como un homenaje a los escritores de ayer y hoy, obligados a abandonar su país y su lengua materna, sin olvidar no obstante las raíces lingüísticas y espirituales de su biografía y bibliografía. Bucovina tomó su nombre de la palabra latina «Buk» y es representada por los hayedos Silvae Vaginales que le dieron fama. Impresionado por la singular belleza de la región, el emperador austriaco decidió en 1775 incluirla en su imperio. Bucovina fue reconocida como provincia con estatuto propio y también con parlamento propio –Dieta– con una representación democrática de las minorías, rumanos, polacos, judíos, ucranianos, algo no muy frecuente en la época. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1918, Bucovina volvió a Rumanía, y durante la Segunda Guerra Mundial el norte fue ocupado por la Unión Soviética. La capital Cernauti llegó a ser el ucraniano Chernivtzi después de haber sido el austriaco Czernowitz. Esta migración de la pertenencia se refleja también en la de la población: hoy se encuentran a menudo en internet mensajes de Australia y Estados Unidos, Alemania, Israel y América Latina, a través de los que bucovinos exiliados en todo el mundo intentan establecer vínculos y recuerdos, incluidas recetas de cocina, del pasado una vez compartido. Hoy Bucovina se divide entre su parte norte, ucraniana, y su parte sur, rumana, con la capital en Suceava, donde nací y pasé mi infancia. La presencia de Rumanía aquí y ahora no es sólo un feliz azar. La lengua rumana es una lengua latina, traída por los romanos que llegaron al Danubio y a los Cárpatos desde el primer siglo después de Cristo. El propio nombre de «rumano», derivado de la palabra latina «Romanus», se refiere al único pueblo latinófono en una zona de muchas mezclas étnicas y lingüísticas. «Los latinos del Este», populous romanus, remite a la etnicidad romana, y lingua latina a la latinidad lingüística, en la variante neolatina de la Edad Media. El poeta Ovidio, exiliado a Tomis, a orillas del Mar Negro, dijo que había llegado a comprender la lengua de los «bárbaros» geto-dacos del sur de la Romania, con los cuales había sido forzado a vivir. Después de seis años de convivencia parece que compuso un elogio al emperador en la lengua local. Como única lengua latina en un gran territorio eslavo, la lengua rumana tuvo que enfrentar muchas presiones internas y externas que tendían a diversificar y desviar sus opciones y sus valencias; la raíz latina resistió heroicamente a las tensiones. La psique rumana estuvo sin embargo dividida por la conjunción contradictoria entre la lengua latina como vínculo con Occidente, la Europa Occidental (Roma, París, Madrid) y la religión cristiana ortodoxa del Este (Rusia y Grecia). Una relación compleja y más de una vez conflictiva, pero que añadía matices originales, sorprendentes y creadoras al tesoro espiritual central, enriquecido por estas alianzas imprevisibles y fascinantes. No menos estimulante fue también la pertenencia a la Europa Central del antiguo Imperio Habsbúrgico, a través de Transilvania y Bucovina, zonas multiculturales efervescentes y elevadas. Como otras provincias rumanas, mi Bucovina natal significa no sólo las ricas premisas lingüísticas y librescas de un paisaje espléndido, sino también un estimulante híbrido cultural, de una gran originalidad. Los extraordinarios monasterios rumanos, monumentos Unesco, con sus frescos de más de 500 años de antigüedad, el viejo cementerio judío de Siret, el también monumento Unesco, más impresionante desde un punto de vista estético que el viejo cementerio judío de Praga, son sólo dos ejemplos, de los muchos posibles, de una herencia multicultural en la que tampoco pueden faltar el poeta nacional rumano Mihai Eminescu y el compositor George Enescu, el poeta yiddish Itzik Manger, el inolvidable Abraham Goldfaden, el fundador del primer teatro judío del mundo, el escritor alemán Gregor von Rezzori, los poetas alemano-judíos Paul Celan y Rose Auslander, los escritores israelíes de lengua hebrea Aharon Appelfeld, Dan Pagis y Yoel Hoffman. No por casualidad esta zona fue llamada «la placenta de la literatura» y Cernauti tuvo la fama de una nueva Jerusalén cultural, la «Jerusalén del río Prut» pero también, según el gran poeta polaco Zbygniew Herbert, «la última Alejandría de Europa.

 

*Norman Manea es Premio de Literatura en Lengua Romances de la Feria Internacional del libro de Guadalajara (FIL), 2016.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s