Por Marcela Turati

Me convertí en cronista de guerra sin salir de mi tierra, no tuve que viajar a Sarajevo o Sierra Leona, sólo caminar a la esquina de casa.

Yo también vi cuerpos colgados de los puentes que a lo lejos parecían capullos enredados en una telaraña, pero cuando me acercaba tomaban figura de momias que se hacían reales hasta que no podía mirar más.

Removí tierra tóxica apestosa a muerte, tierra que también era sagrada, donde cuerpos fueron disueltos, donde padres buscan fragmentos, a veces del tamaño de una uña, de lo que hubiera quedado del hijo desaparecido.

Subí a la cima de un cerro y me topé con seis fosas. Nunca más quise usar los zapatos con los que caminé esa pesadilla. Eran blancos con cordones. Bajé por esa misma ladera consciente de que quienes la subieron amordazados no la bajaron con vida. Encontré una mariposa amarilla aleteando vida.

“Me busco entre las bajas colaterales de esta guerra pero no aparezco en ningún recuento.”

Descubrí bolsas de plástico encimadas unas sobre otras, bolsas como de esas que se usan para la basura, aunque éstas empacaban personas. En un tráiler de los que transportan la fruta madura las llevaron a una morgue donde les quitaron la envoltura, las dejaron desnudas con su rictus de dolor, tatuado el último grito de angustia. Escuché muchas veces el llanto de sus madres como banda sonora de ese drama que no era película.

Vi a cadenas de mujeres que, como ángeles, les devolvían su identidad, los sacaban de fosas comunes, les permitían regresar a casa.

Pasé una tarde con niños y niñas acostumbrados al escandaloso rojo sangre que dejan pintado en el pavimento los muertos rafagueados, cercados por las manchas dejadas por los vecinos que no volvieron a levantarse del piso.

Fui a terapias para huérfanos que dibujaban con crayolas el arma que mató a papá, el corazón roto de mamá. Hablé con padres huérfanos de hijos. Entrevisté a niños que matan a otros niños.

Pisé pueblos arrasados, encontré puertas abiertas, cajones saqueados, animales sueltos bramando de tristeza y nadie para alimentarlos.

Acompañé a madres muertas en vida desde que les arrebataron a sus hijas; en el camino vi cómo por el dolor se iban desgranando y sembrando en el país moronas de dignidad.

En cada callejón donde me perdí, encontré almas dignas echando montón a la emergencia, haciendo fogatas con sus corazones para calentar a otros, aplicando torniquetes para detener la hipotermia que causa la impunidad.

Enterré a colegas valientes alcanzados por los francotiradores que odian las verdades. Los lloré y les llevé flores y grité palabras de rabia y angustia.

Escuché siempre toneladas de mentiras que intentan ocultar el campo de guerra, que intoxican el oído, que dicen que nada de lo que he visto ha ocurrido.

Me busco entre las bajas colaterales de esta guerra pero no aparezco en ningún recuento.

*Marcela Turati es periodista. Fundadora de la Red Periodistas de a Pie y colaboradora en la revista Proceso.

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