Por Magali Tercero, presidente PEN México

Tres soledades se presentan en estos días: la soledad de la prensa, la soledad del poder y la soledad del ciudadano. La primera, más visible que nunca, ante el asesinato, a pleno sol y en pleno centro de Culiacán, de Javier Valdez Cárdenas, cofundador del semanario Ríodoce y cronista fundamental del narcotráfico en Sinaloa. El 15 de mayo, día negro en que también mataron al joven Jonathan Rodríguez del semanario El Costeño en Jalisco, las noticias llegaron de prisa desde Culiacán. Por ejemplo, el mensaje vía WhatsApp de alguien cuyo nombre no voy a mencionar: “El sábado, aproximadamente a las 12 del mediodía, estuve platicando con mi amigo Javier de las amenazas que le estaba haciendo la mafia por denunciar sus fechorías… Y lo asesinaron… ¡Hasta siempre, soldado de la defensa humana!”.

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Llevo días preguntándome por qué este excelente cronista de generosidad poco habitual no se fue de México. A todos conmueve este amor que le demuestra su gente. Ese amor que emana de su obra.

—¿Por qué no hiciste públicas las amenazas, Javier? —insisto en silencio.

Un colega suyo dijo a El País que, la semana anterior al asesinato, Valdez vino a la Ciudad de México. En apariencia exploraba la posibilidad de abandonar el país. La clave está, pura especulación mía, en la palabra huir.

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Pero hablaba de tres soledades que se presentan en estos días. La soledad del poder se refleja, por ejemplo, en que el presidente no se rodeó de periodistas antes y durante su discurso del día posterior al homicidio. Se refleja también en las no tan nuevas medidas extraordinarias de protección. Un discurso retórico que por fin llegó, después de 33 asesinatos contra la libertad de expresión en el sexenio, tras casi cinco años de gobernar un país en donde el 97% de los homicidios contra la prensa quedan impunes. La tercera soledad, la del ciudadano, es la menos clara. Pocos en México asisten a las marchas contra el asesinato de quienes realizan, informando, un servicio indispensable. Seguramente porque las cosas nunca se solucionan así, porque los temas noticiosos más frecuentados en línea, en un país de más de 120 millones de habitantes, son la farándula y el deporte… Pero sobre todo porque las prioridades son otras y la información resulta, quizás, un ente abstracto ante la sangrienta, miserable realidad del país.

Escribo lo anterior y pienso automáticamente en las casi dos mil personas que marcharon en Culiacán cuando Joaquín el Chapo Guzmán huyó de prisión, en 2014.

Pero mejor cito lo que me escribió un antiguo conocido de la sierra de Badiraguato tras la marcha:

La gente pedía con la marcha que al Chapo lo enjuicien aquí en México, que no lo extraditen, que se le haga un juicio justo. ¿Qué saben los que se burlan de las necesidades de la gente? Yo escuché a una señora de La Tuna que vino a la marcha. Decía que en su tierra tenían que agradecerle al Chapo porque los había ayudado a salir adelante. [Es] Tanta gente que depende, directa o indirectamente, de él y que ahora queda sin la ayuda. Y más la gente de la sierra. Tú sabes, Magali, las necesidades de esa gente. Tú sabes que no hay fuentes de trabajo, que si siembran mariguana o amapola es porque lo ven como trabajo. No porque estén defendiendo el narco o al Chapo. Ve qué lejos están de saber qué es el narco, los sembradores, las verdaderas necesidades de la gente. Todo lo que tienen que pasar, todas sus carencias. Ahí tú ves vidas miserables porque no hay otras opciones de sobrevivencia. Qué fácil es criticar, suponer que porque leen lo que otros escriben lo saben todo, cuando no saben nada porque no hay como vivirlo. La violencia no está en la sierra. Ya quisieran ser como ellos: leales, serviciales, que ofrecen lo que tienen. Qué me van a decir a mí, que me crié en eso desde niño, viendo cómo estuvo la Operación Cóndor, cómo golpeaban a los pobres hombres casi hasta matarlos, todas las atrocidades que hacía el ejército, cómo robaba a la gente lo poco que tenía. Ahora, porque agarraron al Chapo, se hace todo este revuelo y piensan que México está salvado. No, señores. ¿Cuándo se ha escuchado en la sierra de Badiraguato que mataron a miles de gentes? La violencia está en las ciudades. ¿Qué saben de esos acuerdos que se hacen en las grandes esferas de la política y en los cárteles con los grandes empresarios? A una minoría que se manifiesta a favor del Chapo, ni atención hay que ponerle. Él se dio cuenta de que es más querido de lo que pensaba.

Así concluía, indignado, aquel hombre de Badiraguato.

 

***

Sinaloa ha sido una región con centenares y centenares de viudas y huérfanos, padres y madres desolados por las muertes violentas de sus hijos. Por lo menos desde mediados del siglo XX (sin contar aquella especie de guerra civil entablada, a mediados de los treinta, entre terratenientes y campesinos por el reparto agrario cardenista, donde hubo unos tres mil muertos de ambos bandos), Sinaloa ha sido una tierra en donde, según dijo una psicóloga que me presentó Javier Valdez en El Guayabo de Culiacán, la depresión es el resultado habitual de la violencia y la tristeza: “Sinaloa tiene el segundo lugar de México en depresión”, dijo en referencia a estadísticas de atención médica. Por eso, quizá, no puedo dejar de asociar la muerte de Valdez con el exilio reciente de dos periodistas: la chihuahuense Patricia Mayorga el 25 de abril y el nayarita Fabián García Castrejón el 16 de mayo.

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Casi a punto de enviar este texto a mi editor, llega la llamada telefónica de la persona que platicó con Valdez sobre las amenazas recientes. Hablamos rápidamente. Conoció a Valdez en la universidad hace 30 años. El sábado 13 de mayo se vieron en Los Portales, un popular restaurante de arquitectura colonial cercano a la catedral de Culiacán.

«Javier no pensaba en huir», me dice su amigo desde Culiacán: «No voy a huir. ¿Para qué si ya tienen pistoleros a nivel nacional? No tiene caso. Si me van a matar, pues me van a matar. Yo voy a seguir. Es gente que ya tiene controladas varias zonas del país. No tiene caso andar huyendo ni escondiéndose. ¿Para qué irme de aquí? Eso limitaría lo que yo hago, lo que escribo. Solo me preocupa mucho lo que le puedan hacer a mi familia. Yo ya no tengo miedo. Hago lo que debo».

Pregunto si el periodista asesinado mencionó la posibilidad de irse a otro país, pero ese tema no lo tocó. Tampoco dio el nombre de un criminal, actualmente preso, que hoy anda en boca de muchos. La vida es la vida y ese sábado los amigos se rieron mucho. Javier bromeó al mesero: «Quieres que te deje más propina, ¿verdad?». Ese es el recuerdo, una estampa de vida en Los Portales, que le quedó al entrevistado. Él atribuye el asesinato a las complicidades entre gobiernos y narcotraficantes. «Casi siempre son los gobiernos los que matan», termina.

¿Qué más puedo decir?

Adiós a un grande que ya comenzó a convertirse en leyenda en su tierra.

Que te vaya bien, querido Javier.

*Magali Tercero es cronista. Presidente de PEN México.

*Este texto fue publicado en el suplemento Confabulario, del periódico El Universal, el 20 de mayo de 2017.

 

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