Por Ismael Bojórquez Perea

Javier acababa de cumplir 50 años y nosotros ya navegábamos por los 61, así que era hora de ver cómo estábamos de salud. Soñábamos, a pesar de andar siempre sobre un camino minado, con una larga vida. Y con morir de viejos o de amor.

Había una buena oportunidad en el Hospital Civil. Durante años nos ha favorecido con publicidad y con una buena gestión podíamos conseguir un intercambio comercial para que nos hicieran lo que ellos llaman un check up. Es un estudio integral donde te escanean desde la punta de los pies hasta el último cabello. A unos los estresa al grado de que tienen que apretar una bombilla que te ponen en la mano derecha por si te desesperas, y entonces el estudio se detiene un momento mientras te repones. Pero a otros, como a Javier, los relaja al grado de que alcanzan a echar un coyotito.

Son 50 minutos en los que te meten a una cápsula y cuando te colocan un aparato en la cabeza tienes la sensación de que el que dirige la operación es Stanley Kubrick.

No te puedes mover, y si lloras, ríes como loco o te orinas, nadie lo sabrá. Te envuelven el ruido y el movimiento de los aparatos, que te van escaneando por zonas a la par del aumento de los sonidos contrastantes: los pies, las piernas, las caderas, las partes blandas, todos los órganos y la cabeza. Cuando sales de la cabina preguntas por necesidad cómo te observaron, pero nadie te responderá, porque nadie sabe nada todavía.

Me encontré a Javier cuando yo salía del hospital. Iba solo y muy relajado. “¿Cómo te fue?”, me preguntó. “Bien… hay mucho ruido ahí adentro, pero bien”. Era sábado. Cayetano Osuna, otro de los fundadores de Ríodoce, que ha sobrevivido a esta locura, se lo hizo dos días después.

El martes nos dieron los resultados a Cayetano y a mí, pero no a Javier Valdez. Le dijeron que tenía que ir a hacerse otro chequeo más específico y nos empezó a preocupar.

Le habían encontrado algo en la glándula tiroides. Eran dos nódulos, uno pequeño y el otro del tamaño de un limón. Le hicieron una biopsia y enviaron la muestra a un laboratorio privado, porque ahí tendrían los resultados en menos días. Los médicos estaban más nerviosos que él.

“Se emocionaba como niño cuando no le cambiaba ni una coma, y se decepcionaba como novia cuando le desmontaba todo.”

Por esos días recordamos la historia que nos contó Lourdes, empleada del hospital. Ella se hizo el estudio y le detectaron cáncer en la tiroides. El médico le dijo que podían tratarlo pero que corría el riesgo de que volviera a brotar. O que le podían extraer la glándula pero que subiría de peso. Malhablada, le dijo sin pensarlo dos veces: “Sáquemela a la chingada”.

“Yo estoy preparado para lo que venga”, me dijo Javier.

Ese viernes el cierre transcurrió sin contratiempos. En una edición de 36 páginas, llevábamos en la portada el ominoso crimen, en Mazatlán, del abogado penalista Miguel Ángel Sánchez Morán, un hombre de reconocido prestigio. Y un reportaje sobre cómo el gobernador y sus colaboradores habían rasurado sus declaraciones patrimoniales. Javier, en su última entrega de Malayerba, escribió una columna titulada “El Licenciado”, que no tiene nada que ver con el capo de Eldorado, aunque muchos así lo interpretaron.

Ya hacía tiempo que Javier me ayudaba en la corrección de textos y me proponía portadas. Se emocionaba como niño cuando no le cambiaba ni una coma, y se decepcionaba como novia cuando le desmontaba todo.

Por la tarde, me avisó que saldría un momento. Yo no recordaba que ese día le entregaban el resultado de los exámenes. Estaba editando unos textos, cuando regresó y me tiró unos papeles al escritorio. “No tengo nada”, me dijo. “¿Qué?”, le respondí sorprendido. “Que no tengo nada, cabrón, no tengo cáncer”. “¡Óoorale, güey, qué bien!”, celebré con él.

Tomé los papeles y leí cosas que poco entiendo. Se los regresé con un “qué chingón, güey”, y le sugerí que se tomara un tequila para festejar. Yo se los servía siempre y se los llevaba al rinconcito donde trabajaba. “No puedo —me dijo con pesar— estoy en un tratamiento para la sinusitis. “Uta madre”, me quejé entre risas.

Ese día me fui temprano porque tenía una cena y Javier se quedó a cargo de la edición.

Y ya no nos vimos sino hasta ese maldito lunes 15.

Una amiga de él me contó, después, que se lo encontró el sábado 13, le compartió eso de los estudios y decepcionado le dijo que en realidad él quería que le diagnosticaran cáncer.

“Así por lo menos sabría de qué chingados me voy a morir”.

Dos días después lo asesinaron.

 

*Ismael Bojórquez es periodista. Director fundador de Ríodoce.

 

One comment

  1. Duele, duele mucho leer colaboraciones como ésta. Duele saber que Javier Valdez quiso tener cáncer porque presentía su asesinato. Duele la situación de los periodistas críticos, honestos, honrados en este México doblegado por poderes supranacionales.

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