Por Miguel Ángel Díaz

Me invitaron a escribir sobre la inseguridad de periodistas en México, y después de pensarlo mucho, me pregunté: ¿qué decir sobre este tema, del que tanto se habla en estos días…?

Ahora que sabemos que el gobierno mexicano gasta más dinero en espiarnos que en protegernos a través de las burocráticas instancias como la FEADLE (Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión), decidí compartir mi experiencia de hacer periodismo en un estado parapolicíaco como lo es Veracruz, ubicado en el Golfo de México.

Este sitio es también un paso obligado para los migrantes, es ruta del trasiego de drogas y extracción de petróleo, y estos detalles hace de la ruta un sitio particular y peligroso para ejercer cualquier profesión, pero más el periodismo.

Inspirado en los textos de Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Ryszard Kapuscinski, egresé de la carrera de periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey, a finales de la década de los 90 (donde trabajé poco tiempo), con todo el ímpetu de hacer periodismo libre y protegido por la sociedad y el Estado, pero la realidad fue totalmente diferente: la censura en las redacciones, la amenaza o el chayo, el ataque, el acoso y la corrupción fue la única constante.

Nada de eso escuché en las clases universitarias, pero uno va aprendiendo sobre la marcha y adaptándose, normalizas todo hasta que llegas a un punto de no retorno, donde tienes que adaptarte para no seguir en lo mismo.

En 2006 llevaba varios años como reportero y jefe en Tv Azteca Veracruz, y cansado de que me censuraran todo el tiempo cuando abordaba temas “espinosos” como corrupción y cobertura de las luchas sociales decidí hacer documentales y dar a conocer información que no publicaban los medios de comunicación en el estado, por estar controlados casi en un 99% por el gobierno a través de los convenios de publicidad.

Junto con unos amigos decidí darle cobertura a la movilización nacional por el recuento de votos de la elección presidencial de ese año. Empezamos con cortometrajes que luego se convirtieron en un documental (Los Agraviados).

En la televisora me llamaron la atención por hacer “ese tipo de trabajo”, y por primera vez personeros del Cisen (Centro de Investigación y Seguridad Nacional) se me acercaron para advertirme del peligro de esa “cobertura”, utilizando la amenaza psicológica para disuadirme. Ante la amenaza de secuestro no dormí bien durante meses.

Sin embargo, eso no me desanimó y continué con mi trabajo. En 2008, invitado por mi amiga Regina Martínez (asesinada en su casa en abril del 2012), iniciamos una investigación sobre la contaminación que generaba la empresa porcina Granjas Carroll de México (filial de la poderosa Smithfield Food) en el Valle de Perote, en la zona centro del estado de Veracruz. Varios habitantes de la zona enfrentaban denuncias por oponerse a la empresa, y su heroica lucha contra la poderosa empresa protegida por el entonces gobierno de Fidel Herrera Beltrán, me emocionó tanto que decidí hacer un documental (Pueblos Unidos).

“Por primera vez personeros del Cisen (Centro de Investigación y Seguridad Nacional) se me acercaron para advertirme del peligro de esa “cobertura”, utilizando la amenaza psicológica para disuadirme. Ante la amenaza de secuestro no dormí bien durante meses.”

Pero las amenazas y el acoso escalaron varios niveles con persecución y vigilancia policiaca cuando visitaba el Valle de Perote: amenazas por teléfono y nuevamente personeros del Cisen intentaron disuadirme con amenazas psicológicas. Al dar a conocer el documental, en el 2008, fui despedido de Tv Azteca Veracruz por órdenes del gobierno de Fidel Herrera. En la televisora la disfrazaron como recorte de personal.

Sin embargo, perder mi fuente de trabajo no me debilitó, al contrario, me fortaleció. En mayo de 2009, los periodistas Andrés Timoteo (exiliado en París desde el 2012), Regina Martínez, María Lilia Baizabal, Jorge Morales y un servidor decidimos crear el portal informativo www.plumaslibres.com.mx, que desde entonces se convirtió en un medio de referencia a nivel nacional.

Pero nada fue fácil, los ataques cibernéticos, las amenazas por teléfono, el acoso policíaco y las penurias económicas fue la constante.

Como en todos los proyectos, al principio fue muy complicado sobrevivir, así que decidí aceptar la invitación para ser el productor de la barra de noticieros de la empresa radiofónica Avan Radio a principios de enero de 2010. Se desarrollaban las campañas políticas para renovar el gobierno de Veracruz y tras varios meses de trabajo fui despedido acusado de recibir dinero del entonces candidato del PAN Miguel Ángel Yunes Linares, esto por el sólo hecho de abrir los micrófonos al panista. La mano que meció la cuna de ese despido, a través de columnas periodísticas, fue la coordinadora comunicación de la campaña del entonces candidato priista Javier Duarte de Ochoa, Georgina Domínguez Colio, hoy presa, acusada por actos de corrupción.

El priista ganó la gubernatura y la empresa de radio fue una de las más beneficiadas con convenios millonarios de publicidad durante el gobierno funesto de Duarte.

En ese año gané dos premios internacionales de cine por el documental Pueblos Unidos. Y desde entonces decidí no trabajar más para un medio de comunicación en Veracruz, enfocarme en Plumas Libres y hacer documentales de manera independiente.

Corrían los años sangrientos del gobierno de Duarte e inició la matanza de compañeros periodistas. El ambiente era ominoso, la paranoia, el miedo y la psicosis se iban apoderando de todos los compañeros periodistas. Creíamos soportarlo todo hasta que asesinaron cobardemente a Regina Martínez, una noche de abril, el 28 de abril del 2012, en su casa. Una veintena de reporteros huyeron de Veracruz y los que nos quedamos fuimos sumergiéndonos en una depresión crónica que avanzaba más y más. No sabía que padecía depresión hasta hace pocos años.

Cada quien asumió la tragedia de diferentes maneras y se protegía como podía. Andábamos con miedo y paranoia. No salía en la noches, todas mis actividades las hacía durante el día; las noches eran eternas, cuando no era el insomnio venía el sobresalto en la madrugada. Aun así, seguíamos haciendo el portal y con esfuerzo hacía mis documentales, (Las Dunas de San Isidro y El Taller). Pocas ONG’s de defensa de libertad de expresión se acercaban a Veracruz, y lo hacían de manera esporádica.

Estábamos solos y teníamos que protegernos nosotros pero no sabíamos cómo. El exilio estuvo rondando mi cabeza durante varios años pero descartaba esa idea cuando conocía historias de compañeros que habían salido de Veracruz y andaban a la deriva.

Las cosas iban de mal en peor, las ejecuciones, balaceras y secuestros iban a la alza. La guerra de Felipe Calderón contra el narcotráfico estaba en su apogeo y la orgía de sangre crecía todos los días.

Los periodistas y defensores de derechos humanos estábamos en medio del fuego y éramos los que pagábamos los platos rotos.

Sacábamos fuerzas de donde podíamos para seguir trabajando, con cuidado y sigilo, para hacer protestas en las calles y demandar justicia para los periodistas asesinados y para detener la matanza de compañeros.

Los apuros económicos crecían, pues el gobierno de Duarte mantenía un boicot publicitario a nuestro portal. Y la censura crecía en todos los ámbitos: tras cursar un diplomado sobre divulgación científica en la Universidad Veracruzana (UV) y pasar varios exámenes y filtros, me incorporé a mediados del 2014 a la dirección de comunicación de la ciencia de la UV, pero ese respiro económico duró solo un par de meses, pues tras divulgar un audio en Plumas Libres donde la rectora Sara Ladrón de Guevara exhorta a los estudiantes a no protestar por los 43 estudiantes desaparecidos por Ayotzinapa, ni contra los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ya no me renovaron mi contrato. La orden de la rectora fue fulminante: sacarme de la universidad.

“En el exilio, lejos del peligro, empecé poco a poco a recobrar mi tranquilidad y vencí el estrés.”

¿Qué más podía pasar?, me preguntaba constantemente. Lo más funesto, llegó: tras un ambiente violento contra estudiantes universitarios en Xalapa, y a unos días del sangriento ataque parapolicíaco contra un grupo de universitarios, el 31 de julio asesinaron al fotoreportero Rubén Espinosa, en la Ciudad de México. Rubén tenía un mes de exiliado en la que entonces se consideraba la ciudad más segura del país para periodistas.

Su asesinato fue una estaca en el corazón de varios compañeros. Con Rubén protestábamos en la Plaza Lerdo cuando un reportero era asesinado, y ahora lo velábamos a él. A través de filtraciones, el gobierno de la Ciudad de México quiso desvincular el asesinato con el gobierno del estado de Veracruz y manchar la reputación de las cinco víctimas del caso de “la Narvarte”, por ello, decidí, junto con Raziel Roldán, realizar un cortometraje documental Crónica de una represión anunciada, para dejar constancia que Rubén Espinoza salió de Veracruz porque era acosado por agentes estatales.

Tras su divulgación, vino un feroz acoso policíaco y amenazas: policías vigilaban constantemente las oficinas del portal, misteriosamente patrullas me pitaban cuando circulaba en mi vehículo con mi familia, en calles, cruceros y avenidas, sabían mi ruta, otras se me emparejaban cuando caminaba. Y las amenazas por teléfono se incrementaron. Estaba a punto del colapso emocional y sicológico. Me acogí al mecanismo federal de protección a periodistas y me dieron un botón de pánico. Presenté una denuncia ante la FEADLE, pero la rechazaron, argumentando que los policías que me acosaban no atentaron contra mí. Decidí entonces pedir ayuda internacional para salir del país.

CPJ y Freedom House me ayudaron a viajar a Argentina para vivir allá poco menos de tres meses con mi familia, a principios de octubre del 2015. En el exilio, lejos del peligro, empecé poco a poco a recobrar mi tranquilidad y vencí el estrés. Con la ayuda de la práctica del taichí fui curando mi estrés postraumático crónico, recuperé mi autoestima y seguridad.

Regrese a México a finales de ese año, pero ya era otro, porque ya no tenía miedo. Había recuperado las fuerzas para enfrentar los coletazos del régimen duartista.

Con la práctica constante de la meditación en movimiento, curé mis traumas  y miedos. Aprendí que lo que importa es el aquí y ahora, el pasado ya fue y el futuro, ¡quién sabe! Sigo en la lucha y haciendo lo que me gusta.

Ahora, con la ayuda de ONG’s doy cursos de taichí (defensa personal, meditación y relajación), a periodistas de todo el país que enfrentan estrés y traumas por la violencia contra su ejercicio diario. Mi meta es hacer una fundación para que periodistas de todo el mundo practiquen este arte marcial milenario, de origen chino, y que puedan enfrenten el desafío de hacer periodismo con dignidad y sin miedo.

 

*Miguel Ángel Díaz es periodista. Documentalista, reportero y profesor veracruzano.

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