Por Fanny del Río

Cuando realicé la investigación para mi novela La verdadera historia de Malinche[1], comprobé que la situación de discriminación y violencia que padecen las mujeres indígenas en México no se inició con la Conquista: data de mucho antes y -a pesar de la irrupción hace más de 20 años del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas-, no parece haber cambiado demasiado.

Ciertos “usos y costumbres”, un eufemismo que encubre desigualdad y machismo, siguen vigentes en muchísimas partes de nuestra nación (no es solo Chiapas, desde luego) y, peor todavía, del mundo entero; pero hoy escribo de la zona controlada por los zapatistas, que visité hace poco, porque esperaba hallar una realidad diferente.

Aun cuando desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona se incluía a las mujeres en el texto que denunciaba la situación de abandono y miseria de los indígenas de México, no he encontrado, en ninguno de los discursos del “Sup” Marcos (hoy “Galeano”), nada que denuncie la flagrante ilegalidad en que cotidianamente incurren muchos indígenas de la región maya cuando venden a sus hijas, explotan a sus mujeres, les niegan el derecho a la educación, a decidir su pareja sexual y/o afectiva, a elegir su vida.

Y claro que vi mujeres zapatistas en el “Caracol” de Oventik: las vi hermosas con sus vestidos de colorido raso, sus rebozos, sus trenzas y sus niños jugando; las vi serias y sonrientes, jóvenes y viejas, algunas con el rostro semioculto por un pasamontañas negro o el paliacate rosa o color limón. ¿Dónde estaba su voz? No hubo una mención siquiera a la esclavitud a la que las somete su cultura. Miraba a mis compañeras de lucha, que acaso no me aceptarán jamás como una de ellas; las vi, pero no las oí porque, sin desmerecer la valentía, la pelea, la legitimidad de los reclamos del EZLN, el movimiento no ha aprovechado la capacidad mediática de que goza para condenar enérgicamente la preservación de los “usos y costumbres” que denigran a las mujeres de Chiapas. La crítica al machismo y la desigualdad que perpetúa la cultura autóctona obliga a concluir que no toda manifestación tradicional merece ser preservada y quizá esa sea una discusión que el EZLN prefiere eludir. Pero mientras no se exija la inmediata abolición de esa situación de desigualdad milenaria en vez de aplicar eufemismos a una realidad urgente, no habrá – no podrá haber – una nación de iguales.

[1] La verdadera historia de Malinche, Plaza y Janés México, 2009. Disponible en formato digital.

 

*Fanny del Río es escritora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s