Por Irma Gallo*

Cuando el viernes 31 de julio empezó a circular en los medios tradicionales y en las redes sociales (primero en éstas que en aquellos, como ya es costumbre) que cinco personas habían sido asesinadas en un departamento de la colonia Narvarte, el horror se empezó a apoderar de nosotros, los chilangos que todavía creíamos vivir en un oasis en medio del mapa sangriento del país, en donde “no pasaban esas cosas”.

Horas después se daba a conocer otro dato escalofriante: una de las víctimas era el fotoperiodista Rubén Espinosa, corresponsal de Proceso y Cuartoscuro en Veracruz, que había salido de ese estado por amenazas del gobernador Javier Duarte. Esto acabó con otra ilusión: la de que el Distrito Federal era un refugio para los colegas amenazados que se exiliaban aquí creyendo que estarían seguros.

Junto con la nota de la identidad de Rubén surgió otro dato no menos terrible: cuatro mujeres habían sido asesinadas con él.

Posteriormente amigos y familiares de Nadia Vera, antropóloga y activista nacida en Chiapas, emigrada a Veracruz y exiliada en la Ciudad de México, que también había recibido amenazas por parte del gobierno de Duarte, reconocieron las fotografías del departamento de la calle de Luz Saviñón 1909, intentaron contactarla sin respuesta, y comprobaron que una de las mujeres asesinadas era ella.

Muy pronto, a través de las redes sociales, por medio del hashtag #LasVamosANombrar comenzó a surgir la exigencia de visibilizar a las víctimas femeninas. Pero no tardaron los misóginos, los hombres que odian a las mujeres (como en la novela de Stieg Larsson), que cobijados bajo el purismo de “hay que resaltar por encima de lo que sea los asesinatos de periodistas”, acusaron a lxs creadorxs del hashtag de feminazis, reaccionarixs, y quien sabe cuántas cosas más por querer “desviar la atención” hacia el tema de los feminicidios.

Y ¡ojo!, no es que no sea grave que asesinen a periodistas en México: sólo en Veracruz, y sólo en lo que va del sexenio de Duarte (de 2010 a la fecha) 15 comunicadores han muerto violentamente. Y México, como se sabe, es el país más peligroso de América para ejercer el periodismo. Esto es cosa seria.

Pero también lo es que, según consignó Estefanía Vela Barba en su blog de El Universal el 6 de agosto de 2015, cuando la politóloga Denise Dresser tuiteó “No las olvidemos”, otro usuario le respondió: “No creo adecuado contaminar esto con tintes feministas”.

Es curioso como, según este usuario de Twitter, la exigencia de nombrar y de demandar justicia para Nadia Vera, Yesenia Alfaro Quiroz, Mile Virgina Martín y Olivia Alejandra Negrete era “contaminar con tintes feministas”.

Yesenia, Nadia y Mile fueron torturadas y violadas. Sus cuerpos fueron violentados de una manera muy distinta a como mataron a Rubén. La violencia sexual se reservó para ellas. Según las fotografías de la escena del crimen que se filtraron a la prensa, Alejandra y Rubén tenían la ropa puesta cuando les dieron el tiro fatal. La tortura (no menos grave) fue de otro tipo. Este no es el espacio para entrar en detalles morbosos, pero lo que los asesinos hicieron con los cuerpos de Mile, Yesenia y Nadia, no deja duda alguna de su misoginia, de su odio, de la clara intención de ultrajarlas por su condición de mujeres.

En la Narvarte, esa tarde del viernes 31 de julio ocurrió lo que pasa cada vez con más frecuencia en el Estado de México, Ciudad Juárez, Veracruz, Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Nuevo León, la Ciudad de México, Jalisco y Puebla: las mujeres fueron asesinadas con extrema crueldad por su género. Como si ser mujer fuera sinónimo de ser desechable, de segunda. Un cuerpo para humillar, violar, desmembrar, antes de aniquilar.

Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, sólo entre 2012 y 2013 fueron asesinadas 3 mil 892 mujeres en nuestro país. Pero nada más 613 de estos casos fueron investigados como feminicidios. Este organismo también documenta que más de la tercera parte de las víctimas asesinadas de 2009 a 2010 tenía actividades económicas fuera del hogar, o sea, eran mujeres trabajadoras o estudiantes, que no sólo se dedicaban a las labores domésticas. ¿Serían sus muertes una especie de castigo por su deseo de independencia económica y social?, ¿sería la búsqueda de esa habitación propia, como la llamó Virginia Woolf, lo que enfureció a sus asesinos y les hizo pensar que tenían que ser violentadas y destruidas?

Otro estudio (Carga Global de la Violencia Armada 2015. Cada Cuerpo Cuenta) presentado en Ginebra en mayo de 2015 indica que la región del mundo con mayor índice de violencia contra las mujeres es América Latina. Aquí se encuentran 10 de los 25 países con la mayor tasa de feminicidios del mundo.

Tengo el privilegio de conocer a Norma Andrade. El mundo de esta maestra normalista de Ciudad Juárez dio un vuelco cuando asesinaron a su hija en febrero de 2001. Lilia Alejandra fue violada, torturada y tirada en el desierto juarense, como si fuera basura. Norma se convirtió en activista. Fundó, junto con Marisela Ortiz, Nuestras hijas de regreso a casa. Luchando contra la depresión que volvía una tarea titánica acciones tan cotidianas como subir escaleras, contra la indiferencia de las autoridades que nunca dieron con el (o los) asesino(s) de Lilia Alejandra, Norma acompañó a otras madres a buscar a sus hijas, lo que le valió dos atentados que casi acaban con su vida. Afortunadamente no lo consiguieron. Norma Andrade es ahora la madre de sus nietos, que eran unos bebés cuando su hija murió. Sigue trabajando para encontrar mujeres y niñas desaparecidas, o sus restos para que sus familias las entierren.

La necesidad de hacer visible la violencia con la que murieron Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín y Nadia Vera no es extremismo feminista o “feminazismo” como lo llaman algunos.

Tampoco hay intención de restarle gravedad a las muertes de Olivia Alejandra Negrete y de Rubén Espinosa, quien poco antes de ser asesinado había dicho que no quería ser “el número 13”, refiriéndose a los periodistas que habían muerto violentamente en el Veracruz de Duarte.

Es no olvidar que en México las mujeres seguimos siendo víctimas de una violencia atroz, por el sólo hecho de serlo, y que también morimos diferente: nuestros cuerpos son convertidos en campos de batalla y desechados, testigos sin palabras del horror.

*Irma Gallo es escritora y periodista. Es autora del libro Profesión mamá.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s