Por Bárbara Jacobs

Creo que el primer recuerdo que tengo de ser una persona pensante tuvo lugar a mis seis años de edad, cuando en el umbral de la puerta del salón de primero de primaria, del que yo era alumna, detuve a la monja antes de que saliera, pues acababa de darnos la clase de religión, y quería preguntarle por qué, si la Virgen María era la Madre de Cristo, la llamaban virgen. No advertí si la religiosa se ruborizó de furia pero sí que frunció el ceño cuando me contestó que el alumnado de esa institución (de origen benedictino francés) no cuestionaba los misterios del cristianismo, o algo así. De modo que me quedé con la duda hasta que, en otra lección de ésas la monja nos habló de la resurrección y entonces quise saber a qué edad y en qué estado se resucitaba, pues no me parecía atractivo que alguien que muriera muy viejo, ya con sus facultades medio acabadas, resucitara igual de viejo y de mal. Quería que la monja me tranquilizara al contestarme que a la hora de resucitar uno resucitaba en su mejor momento, aunque hubiera muerto sin alcanzarlo o aunque su mejor momento lo hubiera vivido en la cuna, en caso de que hubiera muerto, precisamente, de muerte de cuna. En esta ocasión tampoco advertí si la monja se sonrojó de furia, pero me consta que volvió a fruncir el ceño al repetirme que un creyente no cuestionaba los principios de su religión. Bueno, pues he aquí una duda más con la que tuve que cargar en la primaria.

Aunque cuando alcancé la adolescencia mis dudas no habían hecho más que aumentar, seguían por el mismo rumbo que las de mi infancia y niñez, si bien quizás algo más agudizadas. A la interrogación sobre la virginidad, se había añadido la del martirio. Las santas solían ser vírgenes y mártires. Para entonces ya me era más fácil entender lo que era una virgen, aunque concibiera, pero no sé si aunque concibiera con mancha; pero, ¿en qué consistía ser mártir? En el diccionario leí que es una persona que sufre persecución y muerte por defender una causa, generalmente religiosa, o por renunciar a retractarse de ella, con lo que da testimonio de su creencia en ella.

Un buen ejemplo es el de Santa Apolonia, que murió en Alejandría en el año 249 AD, para entonces diaconesa de edad avanzada. Registra la enciclopedia: Estalló una persecución de los cristianos por los paganos de Alejandría. Las víctimas eran arrastradas fuera de sus casas y asesinadas; sus propiedades eran saqueadas. Se apoderaron de Apolonia y la golpearon en la cara, le tiraron todos los dientes y, después, prendieron una gran hoguera y la amenazaron con arrojarla dentro si no pronunciaba ciertas palabras impías. Ella les rogó que le dieran unos momentos de tregua, como si fuera a considerar su posición. Entonces, para dar testimonio de que su sacrificio era perfectamente voluntario, tan pronto como la dejaron libre, ella misma se lanzó dentro de las llamas.

Sigue la Vida de los Santos, de Butler: Como un cristiano no puede apresurar su propio fin, San Agustín explica el caso de Santa Apolonia al suponer que ella obró por una dirección particular del Espíritu Santo. Comoquiera que sea, a Santa Apolonia se le invoca contra el dolor de muelas y todas las enfermedades dentales, y se la representa con un diente de oro pendiente de su collar o con un par de pinzas en la mano que sostienen un diente.

Yo preguntaría si cuando resucite Santa Apolonia resucitará con el cuerpo y la dentadura intactos. Tampoco sé si Susana Chávez (n. 5 de noviembre de 1974) va a resucitar íntegra, mutilada como fue encontrada el 6 de enero de 2011, cuando luchaba por esclarecer los feminicidios en Ciudad Juárez, México, ni si llegará a ser considerada santa, virgen y mártir por la religión cristiana. A mí me basta recordarla como poeta, activista social y autora de la frase “Ni una muerta más”.

 

*Bárbara Jacobs es escritora y traductora. Ha sido reconocida con galardones como el Premio Xavier Villaurrutia. Entre sus libros se encuentran Juego limpio, Adiós humanidad, Vidas en vilo y Lunas, entre otros.

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