Por Adriana Malvido*

Premio PEN México 2018

Recibir este premio de una organización como el PEN es de lo mejor que me ha sucedido en 39 años de vida en el periodismo. Conocer la noticia de alguien que admiro tanto como Magali Tercero, presidente de PEN México, y compartirlo con colegas como Gerardo Albarrán, Francisco Goldman, y Fernanda Melchor, con la presencia, además, del coordinador latinoamericano para la también premiada Red Internacional de Ciudades Refugio (ICORN), Philippe Ollé Laprune, quien recoge el diploma como representante, me alegra de manera indescriptible.

    Saber que este reconocimiento va de la mano al de un periodista como Javier Valdez, que dedicó su talento a la defensa de la libertad de expresión en las condiciones más difíciles, me lleva a releer sus textos y a recibir una profunda lección. Porque se trata de un hombre que, como decía Juan José Arreola acerca de José Clemente Orozco, “se atrevió a poner el dedo en la llaga, aunque le doliere en lo más hondo de sí mismo” (1). Y porque puso el dedo en la llaga lo asesinaron en Culiacán, Sinaloa, el 15 de mayo de 2017.

   Cuando comenzó la era de la extrema violencia en México, empecé a documentar en carpetas cada feminicidio, el nombre de cada niño atravesado por balas perdidas, el de los huérfanos de la guerra y el de los jóvenes y periodistas asesinados… Quería llevar el registro, no de los números sino de los nombres propios, de cada una de las personas con una historia, una familia y hermanos y amigos que sobreviven en el duelo de la pérdida. Se trata de una espiral del dolor que no parece terminar nunca.

De pronto, las carpetas inundaron mi estudio y al igual que la memoria interior, la externa se desbordó. ¿Cómo le hacemos para acomodar tantas tragedias y procesarlas?, me preguntaba. Mientras tanto, en Culiacán, Sinaloa, un reportero valiente y sensible, de nombre Javier Valdez, se metía al alma de todas esas realidades para contarnos sus historias. Para poner en el centro de sus textos a seres humanos y gente de a pie y no al político o al poderoso. Y con Ismael Bojórquez fundó el semanario Riodoce para que el olvido y el silencio no ocuparan el lugar de la indignación entintada frente a la injusticia. Y para hacer del periodismo un pasaporte al interior del otro, un salvoconducto al dolor de la madre del joven desaparecido, a la historia del niño halcón, del adolescente sicario, de la jovencita levantada. Javier Valdez, como dice César Ramos en el prologo de la antología de sus textos (2), entraba en el dolor y preguntaba a los niños en qué ocupaban sus horas de orfandad; conversaba con policías receptores de balas y con drogadictos mientras miraba en las pupilas su angustia, el trastorno existencial, el abandono, la desilusión. Sus temas:  la infancia sin amparo, la condición femenina -en la madre, la hija del narco o la pareja del traficante- y la fractura familiar. Porque él, como dice Ramos, conocía el amor a la familia y la alegría de un domingo en la mañana. Esa mañana que le arrebataron a él, a su hijo, a su esposa y a sus compañeros y amigos. Como se la han arrebatado a más de 100 periodistas en México desde el año 2000.

    Mientras los medios, que parecen quedarse sin palabras para narrar el horror cotidiano, publicaban sus ejecutómetros, Valdez viajaba al fondo del infierno con valentía y espíritu crítico para salir y narrar aquello que encontró, con inmensa humanidad. “Uno se siente como un funámbulo, un acróbata del periodismo: haciendo malabares para no quedarse callado…”. Poco antes de su asesinato, mataron a su colega y amiga Miroslava Breach, también corresponsal de La Jornada, pero en Chihuahua. Y escribía él que cuando matan a un periodista “la sociedad entera sufre amputaciones de oídos y ojos y manos que critican, denuncian, investigan y publican en los medios de comunicación. No es un periodista más, es una sociedad herida en la muerte de cada periodista”.

   Y de pronto, en este entorno de violencia extrema y en medio de un nuevo episodio que nos hunde en el horror con la muerte de Javier, Daniel y Marco, tres jóvenes estudiantes de cine en Jalisco, aparece este premio. ¿Por qué?, le pregunté a Magali Tercero. Y me lo sigo preguntando cuando tantos reporteros se juegan la vida en aquello que se llama el “no lugar”, cuando tantos más viven escondidos para sobrevivir, cuando otros escriben y reportean con el arma amenazante del narco, del policía o del político corrupto, en la sien. Pero también, bajo infames condiciones de indolencia social y desprotección del Estado.

   Por eso, mi enorme gratitud a que se premie al periodismo cultural, ese que busca contar la realidad desde otro ángulo; el que intenta oponer la poesía a la verborrea política y acompañar las notas de los 80 muertos diarios con el registro de cómo nos sentimos en este mundo. El que quiere documentar nuestros miedos y nuestras batallas espirituales; el que da lugar a la emoción, a la belleza, a la literatura, al teatro y a la memoria histórica, al universo de ideas que nos regalan los buenos libros y el buen cine. Al que se hace espejo para que nos miremos como seres complejos capaces de buscarle sentido a la existencia, inquietar la sensibilidad, sacudir la indiferencia, alimentar la curiosidad que, como dice Amos Oz, hoy en día es “una obligación moral” y nutrir aquello a lo que se refería José Saramago, en Ensayo sobre la ceguera, así: “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

   Ante la deshumanización, la crueldad y la barbarie, este premio nos invita a insistir en aquello que nos humaniza: la conciencia, la imaginación, la creatividad y la palabra.

   Este premio es como un abrazo. Y voy a citar a Manuel Antonio Ruiz, maestro y poeta zapoteco de Ixhuatán, Oaxaca, cuando escribió acerca de la importancia del abrazo en procesos de reconstrucción luego del devastador terremoto de septiembre de 2017:

   “Los abrazos son indispensables para retomar fuerzas: cuando unos brazos rodean tu cuerpo el espíritu vuelve a su lugar, te lleva a recordar aquellos días cuando tu mamá te sanaba con una caricia, cuando un amigo o amiga te ayudaba a olvidar el amor de tu vida. Los abrazos siempre sanan, renuevan, reconducen la historia”.

   Gracias por este premio que me sabe a ese tipo de abrazo. Cuando nos necesitamos tanto unos a otros, un abrazo para saber que nadie está solo.

                                               Ciudad de México, 26 de abril de 2018

Notas

1.- En “La liberación del fuego”, texto de Juan José Arreola publicado en Confabulario, suplemento cultural del diario El Universal (22 de abril de 2018).

2.- En Periodismo escrito con sangre, Javier Valdez Cárdenas, Aguilar, México, 2017.

 

 

*Adriana Malvido (Ciudad de México, 1957). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Se inició en el periodismo cultural en el diario Unomásuno y en 1984 formó parte del grupo fundador del periódico La Jornada. De 1998 a 2001 fue colaboradora permanente de la revista mensual Equis-Cultura y Sociedad. También colaboró en la sección cultural del seminario Proceso del 2000 al 2007.  En Milenio Diario, publicó su columna semanal “Cambio y fuera” y colabora en el suplemento cultural Laberinto y en el suplemento Dominical del mismo diario y en la revista fotográfica Cuartoscuro. Actualmente es columnista del periódico El Universal.

 

*Columna publicada en El Universal. Abril, 2018. Se incluye con la autorización de la autora.

 

 

*Columna publicada en El Universal. Abril, 2018.
Se incluye con la autorización de la autora.

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