Por Fernanda Melchor*

Premio PEN México 2018

Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba helado contra el rostro de Paco, mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la garita del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Quizá alcanzaría doce grados en la madrugada, había predicho su padre, así que Paco se colocó un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre tropical se helaba hasta con aquel rescoldo de frente frío. Compró dos tortas de cochinita pibil afuera de la garita de Morelos. Luego se empujó dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con “buevo”, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar sólo un par de horas pues debido al mal tiempo existía la posibilidad de que cancelaran el turno.

Al final nombraron a ocho trabajadores para aquella noche. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, los obreros especializados en sujetar y soltar las bandas con que se sujetaban los autos de exportación en los buques. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas –esos camiones gigantes que llevaban los autos hasta Puebla, y viceversa–, destrincar los carros dentro del buque y trincarlos de nuevo en las estructuras de las madrinas. El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve vehículos. –A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce– pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban el Burro. Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete obreros y le tocó trabajar la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con sus compañeros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba gorros ni guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo si no se apresuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor a gritos, mientras caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta al vehículo y el operador reportaba hallarse en las cercanías de Tamarindo, a ochenta kilómetros del muelle. Eran pasadas las once y el frío apretaba. Los obreros se habían sentado en el suelo. Pegaban sus hombros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche. –Hay pedos– murmuró el Chiles. Un furgón de Migración y dos camionetas con las bateas ahítas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeño barco de carga atracado en el muelle número dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Los hombres bajaron armados y con perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados. –Ese barco ha de venir hasta la madre de droga –dijo Paco– les han de haber encontrado… Pero no llegó a terminar la frase porque los agentes ya regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres esqueléticos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de las camionetas de Migración. Algunos policías 154 del barco, apuntando al agua con sus linternas. Los perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban en la orilla de concreto de los atracaderos, pero después de un rato también se marcharon. A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias, la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el umbral de la garita. Los obreros despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse. –Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización –decía el tipo, comiéndose el radio.– Denme una horita y les resuelvo. Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros, para entonces yertos, sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través del pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas. Le parecía que una sombra se movía en aquel estrecho espacio y entornó los ojos. Su corazón dio un brinco cuando alcanzó a reconocer la silueta de un hombre corriendo hacia donde los obreros estaban sentados. Paco se irguió; los demás cesaron sus risas. Por un momento pensó que se trataba de algún drogadicto que, burlando la seguridad del recinto portuario, se disponía a robarlos, pero entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho fi guras harapientas: nueve hombres negros, en total, completamente mojados y con largas heridas como latigazos sobre los brazos y las piernas. Paco se adelantó, con los puños en alto, y el intruso más alto dijo, con acento caribeño. –Mi hermano, ayúdame, mi hermano, por favor. –¿Quiénes son ustedes? –Somos dominicanos, por favor, ayúdanos. Tenemos una semana sin comer… –No nos delates– gemían los otros, en coro. Iban descalzos y apestaban a diesel y agua salada. Eran todos jóvenes, secos de carnes pero fuertes; debían serlo para haber aguantado dos horas sujetos a los pilares que sostenían el muelle, pensó Paco, horrorizado. Por eso los agentes de inmigración no los habían hallado: los viejos y las mujeres no pudieron escapar de las bodegas del barco y fueron apresados por los policías, pero los más aptos alcanzaron a saltar al agua y aferrarse a los pilares de concreto infestados de percebes, soportando el embate de las olas embravecidas y el frío que recorría el puerto en exhalaciones furibundas, hasta que se marchara la policía. Paco no podía créelo. Otro dominicano preguntó: –Dinos que estamos en Miami, por favor…

A Paco se le escapó una risa nerviosa. –¿Miami? ¡No mamen, están en Veracruz! Uno de ellos sollozó. –¿Qué tanto falta para Miami? –Falta un chingo, como tres días en barco. –¿Y dónde estamos? –En Veracruz –¿Pero dónde está eso? Los negros comenzaron a lanzar miradas furtivas hacia el barco de carga de donde habían escapado, como si se arrepintieran de haber descendido. Paco dibujó en el aire la curva del Golfo de México; señaló un punto intermedio. Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos sufi cientes en el cuerpo, estarían chillando como críos. –¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?– preguntó el que parecía el líder, el que habló primero. –No tengo ni idea –respondió Paco– lo más lejos al norte que conozco es Poza Rica. –Ayúdanos, hermano, por piedad– gimoteó otro. Los nueve pares de ojos, enormes y amarillentos, miraban a los estibadores con aire suplicante. –Hay que meterlos al baño, porque si los ven, van a valer verga– dijo, por fi n, el Burro. Los condujeron al sanitario de un almacén. Allá dentro, Paco sacó la última de sus tortas; sabía que no sería sufi ciente ni para alimentar a uno solo de ellos, pero aquellos rostros afilados y hambrientos lastimaban su conciencia. El negro altísimo, el que actuaba como líder, extendió la mano tan rápido que pareció arrebatarle a Paco la comida. Devoró la mitad de la torta de dos mordiscos, y al ver la manera en que sus compañeros de infortunio salivaban, pasó el resto al negro más cercano, un tipo de ojos enrojecidos, vestido apenas con una camiseta y una trusa oscura, llena de agujeros. Otro de los obreros les llevó un balde con agua y los dominicanos se abalanzaron en pos del líquido; bebían con la desesperación de quien lleva días en el mar sin ver más que la oscuridad de las bodegas, sin escuchar nada más que los rezos de los otros polizones, rogando que el capitán del navío no tuviera sangre inglesa o alemana; sabían que los oficiales europeos tenían por costumbre arrojar a los polizones al mar, para evitarse trámites molestos al llegar a su destino. Después de beber, en susurros, los dominicanos comenzaron a contar su historia. Eran treinta los que habían subido al barco, que llevaba madera de República Dominicana a Miami. Habían sobornado a un grupo de tripulantes para que los dejaran esconderse en las bodegas. Iban contando las paradas que hacía al barco: Río Haina, Cristóbal, Veracruz, y bajaron cuando creyeron que habían tocado los Estados Unidos, pero no contaban con que el barco se detendría también en Kingston, Jamaica. Uno de los polizones, con el rostro picado por la viruela, apartó a Paco del grupo. –Mi hermano, tienes que ayudarme, tú no sabes los que yo he sufrido. Tengo que llegar a los Estados Unidos porque allá tengo una hermana, en Nueva York, que me está esperando… Y apretaba el brazo de Paco con su manaza para mantenerlo alejado, y le hablaba tan cerca que Paco pudo mirar con detalle las cicatrices que salpicaban su rostro. La piel del hombre no era completamente negra sino más bien cobriza, y las marcas amarillentas destacaban como piquetes de insectos. –Mi hermana me mandó una carta, diciéndome que allá están los tipos que mataron a mis padres. Tú no sabes lo que yo he sufrido, chico. Mi padre tenía deudas y lo mataron, los mataron a todos cuando mi hermana y yo íbamos por agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están violando a tu mamá– dejó escapar un jadeo, con los dientes apretados. –La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada, escondido detrás de los matorrales. Son quemaduras de cigarrillo pensó Paco, horrorizado, sin poder dejar de ver las cicatrices del dominicano. –Mi hermana me escribió, me dijo esos tipos están acá, en Nueva York, y yo nada más voy a eso; voy a matar a ésos hijos de puta, los voy a matar a machetazos como mataron a mi madre… Paco no se atrevió a responder nada. El odio del polizón era tan intenso que tuvo miedo de proseguir el plan que había urdido con sus compañeros y los conductores de las madrinas: esconder a los dominicanos dentro de las cabinas de los transportes para sacarlos del muelle y liberarlos afuera. Aquel hombre estaba lleno de rencor, de determinación asesina, y nada lo haría abandonar su propósito: asaltaría y mataría para obtener el dinero que lo llevara a su destino, si no es que ya lo había hecho en el trayecto. Uno de los compañeros de Paco, un hombre moreno, de cabello crespo y rostro infantil a quien apodaban La Th alía, rescató a Paco del abrazo del dominicano y lo llevó hacia la explanada. El viento había arreciado y llevaba consigo el aroma a grasa quemada de los barcos. –Paquito, no le vayas a dar tus datos a ése hijo de la chingada– dijo la Th alía. Tuvo que pegar su boca a la oreja de Paco para que el viento no se robara sus palabras. –¿Cómo crees? Está bien zafado– respondió Paco. Tomó uno de los cigarros que la Th alía le ofrecía pero no logró encenderlo– ¿Escuchaste lo que me contó? Quiere que lo ayudemos a salir, que porque tiene que llegar a Nueva York a matar a no sé quienes… La Th alía le palmeó el hombro. –Mira, que se los lleven los choferes y los boten allá por Puebla… –¿Pero cómo vamos a dejarlos entrar a México? Tú no sabes si van a matar o a violar a alguien aquí…

A lo lejos, los motores de las madrinas se encendieron. Una por una atravesaron el portón de la garita. –Acuérdate de lo que dicen: hay veces que hasta el diablo necesita un rezo… Paco jamás había escuchado antes aquel dicho. Le pareció que el viejo se lo había inventado en el momento. El supervisor les hizo gestos, del otro lado de la explanada, para que se fueran. Mientras caminaba por las calles aún dormidas, Paco repasó los acontecimientos de la noche en su cabeza. Ya no había viento y el amanecer apenas se insinuaba en los cristales de los edificios. Sobre un árbol seco trinaba un pajarito; un cuervo reluciente descendió de una cornisa y lo atrapó al vuelo; luego se posó sobre la cabeza de una estatua para desplumarlo vivo. Asqueado, Paco se dobló sobre sí mismo; quería vomitar la torta, los tacos de doña Almeja, el medio litro de bilis que subía ya por su garganta, listo para escapar al mar por las rejillas de la cuneta, pero tenía la garganta completamente cerrada. Mientras se limpiaba la frente con los faldones de la camisola, juró que aquel sería el último turno de noche que trabajaría en su vida.

 

*Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) es periodista por la Universidad Veracruzana (UV). Ha ganado diversos premios de cuento, ensayo y crónica. Entre sus libros destacan: Aquí no es Miami y Falsa liebre.

*Crónica tomada de Me gusta leer México y publicada con autorización de la autora.

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