Por Javier Valdez Cárdenas*

Premio PEN México 2018 (póstumo)

(Fragmento)

Prólogo

Estar vivos con los muertos

Las madres buscan desesperadamente a sus hijos en terregales, desiertos, lagos podridos y al filo de carreteras macabras, bajo un sol cómplice y miserable. Los policías y miembros del ejército pasean con displicencia bajo el calorón en busca de presas para su sed de sangre, saben que deben defender a los desprotegidos y a los más necesitados, pero quién carajos les pide en este pinche apocalipsis que es la guerra del narco que cumplan con su deber.

Los gobernantes y presidentes municipales le dan otro sentido a la queja, a la amargura, y hablan de un dolor lejano, como el paradero de los desaparecidos. El presidente del país dice que le duelen los torturados y los muertos, pero su dolor es inacción para las víctimas, es herida fresca y llaga, es nada para la salvación. Los juristas gruñen y riegan cifras ateridas, inútiles; mientras los desaparecidos, que no son 43 ni cien, sino miles, se ahogan en sus fosas de pánico y desmemoria; las organizaciones civiles exigen, y los niños… ¿y los niños? ¿Dónde están los niños? ¿Qué les duele, qué rabia incuban, qué chingazos saldrán de su resentimiento? ¿Cuánto dolor hace falta para pensar en los niños? En los desamparados, los mendrugos de pan de este festín putrefacto, los desarrapados que quedaron sin amor ni esperanza, ¿quién arrulla a esos niños? ¿A quién le duelen, de verdad, los huérfanos?

A quién carajos le duelen, por ejemplo, esos tres, cinco niños que miran sonrientes desde su abandono, esos niños que encuentro mientras recojo las notas de este libro, criaturas que se empujan y moquean divertidos, con sus caritas que son una cicatriz viva; los miro y compruebo que en sus ojos no brilla la esperanza de un mañana mejor, sino el hambre, el desconcierto, el leve olvido que muy pronto deja su lugar a la pobreza y la desolación. Ella tiene un vestido sencillo y limpio, aunque roto, unos zapatos viejos de hule y en lugar de moños sus trenzas están coronadas por cintas desgastadas que fueron rojas o violetas; el más pequeño no tiene zapatos ni calcetines, sus mejillas chapeadas, agrietadas, hablan de un frío nocturno, de una ilusión helada, y de la ausencia de un beso paterno; los niños confunden el hambre con la soledad, el sol estúpido y quemante con la sed producto de horas y deshoras en espera de su madre que, casi es seguro, busca al padre desaparecido o está postrada en un sillón porque papá está enterrado, luego de una tortura salvaje sin deberla ni temerla. Las dos niñas de en medio ríen ante mí y se ocultan en sus ropas viejas, contestan a mis preguntas con la curiosidad de un pajarito y la viveza de un árbol seco, triste, de pronto se alegran y sus gestos parecen apartar su soledad. Luego miran a lo lejos y, como si no comprendieran esta jodida existencia, dicen que su papá fue a trabajar, que lleva varios días fuera de casa, pero volverá, ¿regresará? Me pregunto, y ellos a veces confundidos, otras con entusiasmo confirman que el difunto, el levantado, el trabajador que cayó en manos de los asesinos, regresará…

¿Y quién le explicará a ese huérfano recién nacido que nunca verá a su padre vivo, que fue desollado y torturado, que tenía sueños y por eso se fue a estudiar a una escuela Normal, para buscar un país mejor, una casa mejor, una familia mejor? ¿Quién le dirá a ese huérfano que nadie hizo nada para salvar a su padre, que, siendo muy joven y lleno de ilusiones, los policías y criminales arrancaron con navajas o cuchillos la sonrisa de su rostro, que su madre y sus abuelos lloran, pero el llanto, intenso y duro, agujas de sal y agua, arde en la memoria todos los días?

¿Quién le dirá al hijo del policía acribillado por otros policías o miembros del ejército, o por guardias siniestras que protegen a los delincuentes, que su padre no lo cargará en sus brazos por las noches, que no lo llevará jamás a la feria a jugar con la vida, ni beberán juntos una agua fresca bajo el solazo encabronado? ¿Quién le dirá a estos niños que la pinche vida, la perra y miserable vida escondió a sus padres, a su madre quizá, a su abuelo, a su hermano, en su risa huesuda y sangrante?

Y así pasan los días y las víctimas se multiplican, no sólo en el norte de este país desmembrado; en el sur y el occidente, en el centro y el oriente, la violencia se volvió tema cotidiano y su brutalidad se comenta en escuelas y cafés, en las cantinas y las oficinas; los hospitales tienen un anecdotario sorprendente de víctimas y en los ministerios públicos los expedientes están más muertos que los desaparecidos, y flota de nuevo en el aire enrarecido la pregunta: ¿y los huérfanos? Los hijos de campesinos muertos, de choferes muertos, de obreros muertos, de madres muertas en busca de justicia porque les matan a sus hijos, de policías muertos, de militares muertos porque enfrentaron en mal momento al demonio de la impunidad, ¿y los huérfanos? ¿O es que sólo representan para el Estado y las instituciones un dato duro y frío y sin relevancia?

Escribí Huérfanos del narco por todos los padres desaparecidos y por las ilusiones asfixiadas de tantos hijos que agotarán sus lágrimas y perderán sus esperanzas, vi los rostros de niños y jóvenes, de estudiantes de primaria y secundaria, de muchachas en flor cuya vida marchita fue ahogada por un balazo o un levantón, vi el rostro de las madres y los padres muertos en vida, vi a los huérfanos en silencio, con las últimas migajas de la esperanza, vi a los huérfanos en el desierto, en terregales y fotos de caras sonrientes, acuchilladas por la realidad; vi a los huérfanos y desee que su vida fuera distinta, que a pesar de nuestra estupidez humana, del deterioro de nuestras instituciones y la indiferencia de nuestros políticos y dirigentes, algo surgiera en nuestra sociedad para acercarse a ellos y aliviar un poco su dolor.

Me gustaría que estas páginas sirvieran para detenernos un poco en la queja, el grito, la vociferación y la violencia, y pensáramos que más allá de todo el dolor por las víctimas, dolor atroz e inmerecido, hay niños que no reclaman nada, no gritan ni lanzan improperios, sonríen con su corazón en lo más hondo de la desesperación y la fractura, niños en silencio que sólo soportan, sin saber por qué ellos, las secuelas de los tiroteos, los levantamientos, los secuestros, la impunidad y los asesinatos.

Escribí este libro porque me gustaría que sus historias movieran levemente una conciencia, aunque sea una sola conciencia que dijera ya basta a la impunidad, al abuso y a la violencia contra quienes no pueden defenderse, contra inocentes y desamparados, lo escribí para acercar al lector el rostro y sentimientos de estos niños con lágrimas, sonrisas, mocos, heridas, recuerdos torcidos y semblantes hermosos aun en la más jodida realidad. Estas páginas apuestan por reflexionar sobre el presente –ya no el futuro que para ellos tal vez no exista– de estos niños cuyo pedazo de existencia es una lesión profunda en sus caritas apenas sonrientes, un clavo podrido en su alma que de por sí carga un dolor perdurable.

3 de mayo con lluvia, de 2015, día de la Santa Cruz

 

 

Iñaky

 

“¿Tú me amas, abuelita?”

Iñaky le quiebra la voz y le inunda los ojos a su abuela Juana. Es como su nombre –de origen vasco– que significa “fuego”, y ardiente: quema, duele, deja marcas en la piel y más allá. Su jovialidad e inteligencia, su arrojo y esa madurez que no abandona la ternura y mucho menos el amor.

Ella contesta que sí. Él insiste. Y es que el diálogo no puede quedar así, y menos con Iñaky ahí, cerca. “¿Y todos aquí me aman?”, pregunta. Y le responde con dos sílabas: “Todos.”

Juana Solís Barrios tiene 50 años y es madre de Brenda Damaris González Solís, desaparecida por policías de tránsito cuando tenía 25 años y localizada meses después, un 17 de octubre de 2011, en el municipio de Santa Catarina, muy cerca de Monterrey, en el estado de Nuevo León.

Ella, Brenda Damaris, es la madre de Iñaky, ese guerrero de seis años que da tanto amor como el que necesita.

Accidente tipo choque

El 31 de julio, durante la madrugada, Damaris llamó por teléfono a Aldo, su cuñado. Le informó que había chocado su automóvil. Aparentemente todo estaba bien, se trataba sólo de un accidente vehicular. Él le dijo que si necesitaba que le llevara dinero para que se arreglara con la otra persona que participó en el percance. Pero la comunicación se cortó.

Alcanzó a escuchar una voz lejana que le advertía a Damaris que colgara el teléfono, que dejara de hablar.

Abraham, su hermano, también se enteró porque recibió una llamada de Damaris. Después intentó comunicarse al teléfono celular y no logró que entrara la llamada. El accidente fue en calle Industria de Las Palmas, colonia Adolfo López Mateos, Monterrey. Llamó y llamó y llamó de nuevo. Ya no contestó.

Cuando Abraham, apurado, llegó al lugar donde había sido el choque, ya no había nadie. Tres camionetas de modelo reciente, lujosas, salían del lugar a toda velocidad y casi chocan con él. Entre los vehículos identificó una marca Ford, tipo Lobo, de cabina y media. Abraham siente culpa. Ese episodio le sigue doliendo: tal vez, en una de esas camionetas que salieron disparadas, en medio del rugir diabólico de esos motores y el chirriar funesto de las llantas, iba su hermana, sometida, golpeada, ahogada en llanto y anegada en un futuro incierto. Y él, que pasó de largo, que pensó encontrarla ahí, en la calle, no la vio.

Fue entre las 4:00 y 4:30. Hora del diablo en Monterrey, donde todos los días, y a todas horas, en esa etapa de 2011 –de la que quedan secuelas en 2014 y 2015–, en que el diablo manda, los malos tienen el poder y parecen mayoría.

Con ella iba Julio César Santos, un contratista con quien la familia, incluida Damaris, laboraba vendiendo comida entre los albañiles, en las obras de construcción que tenía.

Iñaky tenía dos años cuando su madre desapareció, esa joven hermosa y brillante, que apenas cursó la secundaria y era muy trabajadora y empeñosa en todo lo que realizaba. Ella y Juana hacían comida para los trabajadores –albañiles y molderos– que el contratista había empleado. No vendían los platillos, sólo los entregaban como parte del acuerdo que tenían. De 25 a 30 trabajadores y el mismo número de desayunos, comidas y cenas que debían preparar desde la madrugada y luego repartir.

Ese año, en mayo de 2011, el cumpleaños de Iñaky –a quien Damaris concibió con Francisco Abraham Celestino González– había sido en grande. Para Juana, la madre de Damaris, fue como una despedida: mucha comida y bebida, muchos globos y dulces, un enorme pastel y los más grandes juegos, “como si supiera que ése era el último cumpleaños que ambos, Iñaky y su madre, pasarían juntos, porque festejaron en serio”.

Durante la fiesta, el cumpleañero se cayó y le salió un chipote en la frente. Aldo, su primo, con quien convive mucho y le lleva apenas unos cuatro meses de diferencia, se burlaba de él. E Iñaky, que parecía estar siempre de fiesta y ese día desbordaba felicidad, se reía y reía con las burlas de su primo Aldito.

Ese chipote en la frente no era nada. La vida estaba ahí. La felicidad había instalado una sucursal en el festín, y en mayo es primavera, y la sonrisa dura una eternidad. Tanto y tan poco, que el 31 de julio de ese año lo incierto ya los esperaba, agavillado, a oscuras y a la vuelta de la esquina, para quebrarlo todo en sus vidas.

La tristeza, ese soplo

Damaris desapareció y así duró hasta el 17 de octubre de 2012. El vehículo en que viajaban ella y Julio César Santos tenía al menos cuatro impactos de bala, cuyo calibre nunca fue dado a conocer. Casi quince meses después fue encontrada una osamenta en un paraje deshabitado, de una zona conocida como La Huasteca, en Santa Catarina.

En ese lapso de esperas, sin manecillas de reloj ni luz del sol, todo se hizo gris en la vida de Juana, su madre, hijos y nietos. Aldo, entre ellos: fue llevado al médico. Tuvo algunos problemas que ahondaban las arrugas de sus padres y abuelos, y tíos. Tanta tristeza en esa familia, los llantos, los males y la búsqueda, habían hecho mella en la infancia, esa inocencia estrenada y al mismo tiempo robada. Sus lesiones eran de las peores, de esas internas que no se notan, que sólo el alma muestra.

Esa ausencia de Damaris y la vida quebrada de quienes lo rodeaban –entre ellas Juana, su abuela, y su primo Iñaky– terminaron por enfermar a Aldo. El médico que lo revisó dijo que era un niño deprimido, afectado por su entorno, y enfermo: un soplo en el corazón había asomado en esa pequeña zona torácica. Muy pequeña y breve, como esos poco más de dos años que llevaba en este mundo, como para cargar las pípilas y las losas de ese levantón, de los llantos de quienes estaban cerca de él, de los insomnios y los días nublados, grises, mortecinos.

“Él, Aldito, siempre nos veía llorando, tristes. Y ahora empieza con las uñas, a mordérselas. Se jala la playera, se pone inquieto. Como que no cabe, como que sufre cuando nos ve así. Y no sabe qué hacer. Y pues claro, se pone también triste”, manifestó Juana.

Esa tristeza, agregó, hizo que le apareciera un soplo en el corazón y el pediatra lo dijo: “Ese niño trae una fuerte depresión o problemas muy grandes en su casa, por eso le apareció el soplo.” Le dio medicamento, hizo recomendaciones a la familia y luego de tres años se recuperó y el problema fue resuelto.

De todos modos, el pediatra recomendó que también lo llevaran a terapia, con algún psicólogo, para que lo valorara.

En ese lapso, también la madre de Juana padeció una enfermedad que la llevó a la muerte, el 12 de enero de 2015, sin volver a ver a Damaris, a quien tanto quiso. Neumonía y paro cerebral, fue el diagnóstico plasmado en el acta de defunción. Desolación, dice Juana. Eso la mató.

Siempre le llamaba. Lo hacía todos los días, dos o tres veces. Y siempre lloraba. Juana la atendía porque también le servía para desahogarse. Así fue hasta el último día, cuando murió, en la ciudad de Los Ángeles, California, a los 65 años: su negra, le decía, porque la negra grande era Juana y la negrilla, otra de las nietas que apenas va a cumplir quince años.

Juana ahora tiene a sus hijos Janeth, de 34 años, Juan Antonio, de 32, y Abraham, quien en 2015 acaba de cumplir 25.

Me hubieran llevado a mí

Abraham está enojado y triste. Su vida, sus sentimientos, están en una lavadora industrial y en una secadora, al mismo tiempo. Todo se moja, se echa a perder, destruye y amarga, en su vida personal y laboral. La ausencia de su hermana, ese complejo de culpa que le agrieta la frente y le duele en nuca y espalda, por no haber llegado momentos antes de que su hermana fuera privada de la libertad por esos criminales; eso lo tiene así: distraído, vencido, enojado, peleonero y en el naufragio.

“Ellos siempre estuvieron juntos. Abraham y Damaris eran muy unidos, y en general todos. Ahora él está padeciendo una fuerte depresión”, señaló Juana, quien agregó que el sufrimiento de su hijo es mucho mayor al de Aldito, su nieto, por haber convivido más con su hermana.

A los tres días de que encontraron los restos de Damaris, agregó, se accidentó en el trabajo. Una rueda de acero se le cayó, le aplastó la mano izquierda y le quebró uno de sus dedos, “como que no se concentra”.

A los pocos días, Abraham –quien opera maquinaria pesada en la empresa FRISA– tumbó un puente que recién habían construido, también debido a un descuido. Sabe, y también su madre, que pudieron haberlo corrido, pero el jefe fue quien le preguntó qué le pasaba y le contó sus penas, y el caso no pasó de ahí gracias a la comprensión de los encargados de la obra, quienes además le ofrecieron ayuda.

“Ahora está durmiendo más. Sigue con la depresión. Dice que por qué no se lo llevaron a él y no a ella, que ella tiene un hijo y él no… yo lo que le respondí es que él me tiene a mí y que igual me hubiera dolido perderlo a él. Pero él está mal. Todos los días le tengo que llamar para que venga a comer, porque se queda dormido, está inactivo. Nada lo hace feliz y siempre está a la defensiva. Ahorita está viviendo con una muchacha, Lupita se llama, y a cada rato le grita. ‘A tu hermana no lo hubiera gustado que la trates así’, le digo yo, y luego se calma.”

Una noche de febrero andaba borracho, en casa de su madre. Juana no quería dejarlo ir por la condición en que se encontraba y quiso impedirle el paso.

Forcejearon. Él terminó tumbándola y lastimándole el cuello. Ella le gritó una y otra vez: si te agarra la policía, quién sabe dónde te vamos a encontrar.

Al día siguiente le llamó a su madre. Quiso disculparse.

“Él tiene mucho coraje. Coraje, rabia con todos y con quien sea.”

La basurita

Iñaky llora. Cuando se encuentra por fin con su primo Aldo, inseparable y cariñoso, lo abraza y entonces es Aldo quien llora.

Abraham ve esto y también empieza a llorar.

Juana llora porque todos están llorando, pero cuando Iñaky ve que su abuela tiene los ojos mojados y ha formado ríos en sus mejillas y bajo las fosas nasales, pregunta qué tiene. Ella responde: me cayó una basurita.

“¿Una basurita, abuelita? Lo mismo me dice mi tío Abraham”, responde el menor.

Luego pregunta cuándo va a llegar su mamá. “Pronto. Un día, un día.”

Pero Juana sabe que necesita darle otra versión, quizá enfrentar esa realidad que esquiva pero que por dentro le tiene una espada encajada en el abdomen, en todos sus centros. Por eso acudirá con la psicóloga, para que ella la asesore y le diga cómo decirle a Iñaky que su madre fue levantada por unos criminales, quienes la sorprendieron de madrugada, y que la mataron. Que su madre no volverá.

Él sólo ve la foto. Dice que es hijo de una princesa, su princesa. Toma la foto y la acaricia. La abraza con esos dedos minúsculos. Luego la besa y la besa y la vuelve a besar. Él es como su madre, como era ella: alegre, fiestero, inteligente, preguntón y “machetón”, un regionalismo neoleonés que significa entrón, terco, duro, intrépido y avezado.

El hallazgo

Los restos –polvo y huesos– fueron encontrados por desconocidos, quienes reportaron a la policía cuando buscaban enjambres. Aparentemente, les había llamado la atención los malos olores y fue cuando encontraron lo que quedaba del cadáver de Brenda Damaris González Solís. Fue por la carretera Monterrey-Coahuila, en el kilómetro 92; les avisaron a los de la Policía Federal de Proximidad Social –antes federales de caminos– y éstos a la agencia del Ministerio Público especializada en homicidios, de la Procuraduría General de Justicia del Estado (pgje).

Luego, funcionarios de la procuraduría le llamaron a Juana. Se le hacía imposible que fuera su hija, porque versiones iniciales hablaban de que la persona encontrada ahí tenía entre diez y doce meses de haber sido asesinada. No coincidía.

Por eso, ella acudió a Leticia Hidalgo, de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos de Nuevo León (Fundenl). La procuraduría le había dicho que incinerara el cadáver y que lo hiciera cuánto antes, o bien la enterrara. Ambas medidas debían realizarse rápidamente. Ante las dudas, Hidalgo le recomendó a Juana que mejor la sepultara y si había dudas podían recurrir a la exhumación.

En el periódico Zócalo de Saltillo fue publicada una nota sobre esto, el 17 de febrero de 2015:

A pesar de haber transcurrido cuatro años de su desaparición, de que sus restos fueron mezclados con los de otros cuerpos, y de que éstos fueron entregados en una bolsa de plástico negra sin el menor cuidado de la evidencia pericial, un peritaje internacional permitió a los familiares de Brenda Damaris González Solís, desaparecida en Nuevo León, corroborar finalmente su identidad.

Brenda Damaris González Solís desapareció el 31 de julio de 2011 en el municipio de Santa Catarina, tras sufrir un percance vial. Ella se comunicó con su familia para informarles del accidente y les dijo que en ese momento llegaba al lugar una patrulla de la Policía Municipal. Su auto fue encontrado con cinco impactos de bala a orillas de la cinta asfáltica.

La primera semana de octubre de 2012, la familia de Brenda Damaris acudió al paraje La Huasteca en Santa Catarina, ante la información de que había sido hallada una fosa con cuerpos. Días después, Juana Solís Barrios, madre de Brenda Damaris, fue informada del hallazgo de restos que aseguraron eran de su hija.

Ante las irregularidades en la investigación, Fundenl (Fuerzas Unidas por nuestros Desaparecidos en Nuevo León) solicitó a la Procuraduría de Justicia autorizar un peritaje independiente que diera certeza a la familia González Solís.

El peritaje comenzó el día 10 de septiembre de 2014 y fue realizado por el equipo peruano de Antropología Forense, quienes han fungido como peritos en Perú, El Salvador, Brasil y la región de los Balcanes en Europa oriental; apoyado por un perito del Equipo Mexicano de Antropología Forense. Ambos realizaron la exhumación, custodia, traslado de restos, toma de muestras y envío de las mismas al Laboratorio Bode Technology en Washington, E.U.

Los resultados, informa el organismo, corresponden con Brenda Damaris González Solís.

Otras versiones extraoficiales, citadas por periódicos locales y nacionales, indican que los peritos de la procuraduría entregaron dos bolsas negras con los supuestos restos de Damaris, pero en una de ellas iban dos cráneos. “Fue todo un escándalo”, señalaron fuentes periodísticas. La información no fue confirmada por los familiares de la hoy occisa, quienes sí aseguraron que de parte de los investigadores y de la procuraduría hubo indolencia y negligencia en la atención a este caso.

Juana Solís manifestó que fueron ella, su esposo y su hijo Juan Antonio quienes entregaron muestras de sangre para que se realizaran los estudios de ADN y poder confirmar que los restos encontrados corresponden a su hija. Las pruebas fueron enviadas a Washington y el 16 de febrero les dieron los resultados: sí, esos huesos, ese polvo, esas añejadas prendas y cabellos, eran de ella, Brenda Damaris.

La madre recuerda cómo los funcionarios de la procuraduría y del Ministerio Público se negaron a informar las causas de la muerte de su hija. “Se va a tardar más tiempo”, le dijeron. Tenían prisa por deshacerse de los restos y “esclarecer” la desaparición y asesinato de la joven.

El 19 de febrero hubo misa y homenaje para Brenda Damaris, en Monterrey, antes de sepultarla de nuevo. Fue en el panteón Santo Cristo. Asistieron, además de familiares y amigos, activistas de Fundenl y funcionarios de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (ceav).

Los estudios de ADN eran costosos. Cerca de 85 mil pesos. Parecía que los investigadores y el Ministerio Público pensaban que no iban a lograrlo, pero fueron peritos peruanos y mexicanos, al margen del gobierno federal, quienes realizaron las pruebas: el Equipo Peruano de Antropología Fo …

 

 

*Javier Valdez Cárdenas nació en Culiacán Rosales, Sinaloa, en Abril de 1967. Estudió sociología en la Universidad Autónoma Sinaloa. Fue reportero de los noticieros televisivos del Canal 3, a principios de los años 1990, en Culiacán. Obtuvo El Premio Sinaloa de Periodismo por trabajos en la sección cultural de este noticiero. Ingresó al periódico Noroeste y fue corresponsal del periódico nacional La Jornada y reportero fundador del semanario Riodoce, publicación que sin pretenderlo se ha especializó en cobertura del narcotráfico. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en revistas como ProcesoGatopardo y Emeequis.  CPJ International Press Freedom Awards (2011. Fallece en marzo del 2017, en Culiacán, México, por arma de fuego.

*Prólogo del libro Huérfanos del narco publicado con autorización de Griselda Triana,
viuda del Javier Valdez, periodista asesinado en 2017.

 

 

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