De una lujosa cena a un movimiento político

La historia del PEN Internacional (cuyas siglas significaban en un principio Poetas, Ensayistas y Novelistas, para luego unir a los dramaturgos y periodistas; a todos los escritores) gira en torno a los grandes acontecimientos del mundo; de las guerras y de los sistemas políticos represivos.

Todo comenzó con un objetivo en apariencia sencillo y motivante para el mundo intelectual de los años 20 en Londres: promover la literatura y conformar un sitio que uniera a escritores después de la devastación producto la Primera Guerra Mundial.

Era idea de la poeta, dramaturga y activista Catharine Amy Dawson-Scott, quien ofrecía un espacio para que los escritores socializaran, eran cenas en las que se comentaban la circunstancias sociales y políticas que rodeaban el mundo de la literatura, o, mejor dicho, del hombre y su cotidianidad. De ahí que uno de sus primeros estatutos sea: “La literatura no conoce fronteras y debe mantenerse como una divisa común entre los pueblos, a pesar de las convulsiones internacionales o políticas”.

Dawson Scott (centre), fundadora de PEN Internacional
Dawson Scott (centre), fundadora de PEN Internacional

Una noche, la señora Dawson-Scott invitó al que daría inicio formal a lo que hoy conocemos como PEN Internacional: el escritor John Galsworthy (premio Nobel de Literatura 1932), el primer presidente y quien impulsó la inmediata apertura del centro en 11 países.

La guerra había devastado gran parte de Europa, los años corrían y en los diversos centros PEN los debates entre escritores eran álgidos frente a un clima de represión e intolerancia que crecía poco a poco en países como Alemania.

El escritor británico John Galsworthy fundó PEN International in Londres, 1921.
El escritor británico John Galsworthy fundó PEN International in Londres, 1921.

La primera gran prueba para la lucha para la libertad de expresión se dio en 1926, cuando los entonces jóvenes escritores Bertolt Brecht, Alfred Döblin, Robert Musil y Ernst Toller reclamaban la falta de inmersión en la política en un país que enfrentaría uno de sus peores momentos. Brecht era un joven de autor que tan sólo dos años antes había dado el salto a los escenarios trabajando en la compañía Deutches Teatret de Munich, momento en el que preparaba una de sus grandes piezas: La excepción y la regla. Musil, a sus 46 años, ya había servido para el ejército imperial en la Primera Guerra Mundial y recién publicaba su libro de cuentos Tres mujeres.

Gracias a ellos, fue el que se fortaleció el PEN de Alemania, para intentar sortear, entre otras cosa, la quema de libros por parte de los nazis.

Mientras Brecht y Musil buscaban una inmersión política y una defensa a los escritores y los libros por parte del PEN, en México, el 31 de mayo de 1924, Alfonso Reyes leía la carta con la que se iniciarían las actividades de dicha organización en nuestro país.

Reyes conoció en Francia las iniciativas del PEN en una de sus misiones diplomáticas, a la que no dudó en agregarse y en traerla a nuestro país. Su amigo —periodista, escritor y diplomático— Genaro Estrada, quien gozaba como Reyes de las virtudes que les otorgó el servicio exterior mexicano, tomó la batuta del proyecto siendo su primer presidente.

Reyes regresaba de Europa para encontrarse con un país desmoralizado por la Revolución mexicana. Quizá fue esa desmoralización lo que animó su razón primera para apoyar la fundación del PEN Club de México, que era la de predicar la concordia en un lugar que de guerras y de muerte se aparentaba saber tanto que carecía de una imagen de la paz. Como miembro de una organización que prometía ser una cofradía de inteligencias, escribió “Salutación al PEN Club de México”:

No sólo la cordialidad entre los pueblos —cosa vaga, ente abstracto con quienes nunca nos confrontamos de hecho, por lo cual esta cuestión no supone un problema en la conducta—, sino la cordialidad entre los hombres, la de todos los días. No quiere esto decir que haya que pasarse la vida entre abrazos efusivos. El do de pecho no es, para la voz, la mejor escuela. Basta el registro medio, equilibrado, de la buena voluntad.  De la buena voluntad… y del buen humor, amigos míos. (…)

El PEN Club (…) va a prestarnos utilísima ayuda en la guerra santa contra la incomprensión, que es la fuente de la discordia. (…)

Para lo extraordinario y heroico, no sé por qué se me figura que todos estamos un poco capacitados; y más en esta brava tierra, donde somos mejores para pelear y morir que para mantener la armonía con el vecino durante quince días seguidos…[1]

Para esta cofradía y la labor de promoción literaria en nuestro país a la que había sido encomendado, Estrada creó La pajarita de papel —a decir de Reyes, que “vuela y cruza el mar, anda los continentes y crea la comunicación inalámbrica entre las literaturas”—, un boletín en el que publicaban periódicamente los primeros integrantes del PEN Club de México: Julio Torri, Jaime Torres Bodet, José Juan Tablada y Daniel Cossío Villegas, entre otros.

Así fueron los inicios en nuestro país: una especie de tertulia cuya idea internacional se fundamentaba en la defensa del libre pensamiento, y en México apostaba primeramente por la difusión de la palabra.

Pocos años después, luego de ser presidido por Francisco Monterde, el PEN dejó de existir en México. No fue sino hasta 1951 cuando José Luis Martínez retomó el proyecto. Desde entonces no ha dejado de operar como un organismo que vela por la libertad de expresión en todas las formas de escritura.

[1]  Reyes, Alfonso, Obras completas, Tomo IV, FCE, Letras Mexicanas, 1995, pp. 434 y 435.

 

*Fragmento de un texto publicado en el periódico Milenio, en el suplemento cultural Laberinto.

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