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La mujer y la libertad de expresión

Angelina Muñiz-Huberman*

¿Existe la libertad de expresión? Y si existe, ¿está ligada a la verdad? Mas la verdad, ¿no es una compleja versión de los hechos? Al menos en literatura que, en ciencia, podemos afirmar que sí existe. Son muchos los factores en torno a la libertad de expresión, desde sicológicos, éticos, filosóficos, religiosos. Los sicológicos pueden incluir factores como temor, valentía, pudor, riesgo. Los éticos exigen una posición determinada y apegada a principios. Los filosóficos permiten especular en profundidad. Los religiosos son dogmáticos e intransigentes.  El papel de la mujer en estos casos cuenta con ejemplos que deambulan entre unos y otros factores. Mujeres que se han arriesgado a escribir, a pesar de presiones en su contra, han existido desde la antigüedad a partir de Safo de Lesbos y hasta nuestros días. A veces, el recurso de utilizar un seudónimo masculino ayudó para poder expresarse libremente. Otras, el nombre propio y un cuarto propio donde escribir, como propuso Virginia Woolf, fue un paso adelante.

Una de las peores circunstancias para la libre expresión proviene de los tabúes religiosos que impiden, incluso, la educación femenina. El derecho a la educación, de índole universal, es así trasgredido y con él todos los demás derechos humanos. Entonces surge la cuestión de cuan poderosa es la palabra -a pesar de su abstracción- para ser considerada la máxima perversión y herejía que puede llevar a la muerte de quien la pronuncia o escribe. Escritores y periodistas lo siguen confirmando en la actualidad. Luchemos por el día en que la palabra, de creador género femenino, deje de ser discriminada y violentada para expresar su verdadera libertad.

 

*Angelina Muñiz-Huberman es escritora, traductora y poeta mexicana. Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2016, recibió un homenaje por su trayectoria literaria.

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Las inaudibles mujeres de Chiapas

Por Fanny del Río

Cuando realicé la investigación para mi novela La verdadera historia de Malinche[1], comprobé que la situación de discriminación y violencia que padecen las mujeres indígenas en México no se inició con la Conquista: data de mucho antes y -a pesar de la irrupción hace más de 20 años del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas-, no parece haber cambiado demasiado.

Ciertos “usos y costumbres”, un eufemismo que encubre desigualdad y machismo, siguen vigentes en muchísimas partes de nuestra nación (no es solo Chiapas, desde luego) y, peor todavía, del mundo entero; pero hoy escribo de la zona controlada por los zapatistas, que visité hace poco, porque esperaba hallar una realidad diferente.

Aun cuando desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona se incluía a las mujeres en el texto que denunciaba la situación de abandono y miseria de los indígenas de México, no he encontrado, en ninguno de los discursos del “Sup” Marcos (hoy “Galeano”), nada que denuncie la flagrante ilegalidad en que cotidianamente incurren muchos indígenas de la región maya cuando venden a sus hijas, explotan a sus mujeres, les niegan el derecho a la educación, a decidir su pareja sexual y/o afectiva, a elegir su vida.

Y claro que vi mujeres zapatistas en el “Caracol” de Oventik: las vi hermosas con sus vestidos de colorido raso, sus rebozos, sus trenzas y sus niños jugando; las vi serias y sonrientes, jóvenes y viejas, algunas con el rostro semioculto por un pasamontañas negro o el paliacate rosa o color limón. ¿Dónde estaba su voz? No hubo una mención siquiera a la esclavitud a la que las somete su cultura. Miraba a mis compañeras de lucha, que acaso no me aceptarán jamás como una de ellas; las vi, pero no las oí porque, sin desmerecer la valentía, la pelea, la legitimidad de los reclamos del EZLN, el movimiento no ha aprovechado la capacidad mediática de que goza para condenar enérgicamente la preservación de los “usos y costumbres” que denigran a las mujeres de Chiapas. La crítica al machismo y la desigualdad que perpetúa la cultura autóctona obliga a concluir que no toda manifestación tradicional merece ser preservada y quizá esa sea una discusión que el EZLN prefiere eludir. Pero mientras no se exija la inmediata abolición de esa situación de desigualdad milenaria en vez de aplicar eufemismos a una realidad urgente, no habrá – no podrá haber – una nación de iguales.

[1] La verdadera historia de Malinche, Plaza y Janés México, 2009. Disponible en formato digital.

 

*Fanny del Río es escritora.

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Morir como mujer

Por Irma Gallo*

Cuando el viernes 31 de julio empezó a circular en los medios tradicionales y en las redes sociales (primero en éstas que en aquellos, como ya es costumbre) que cinco personas habían sido asesinadas en un departamento de la colonia Narvarte, el horror se empezó a apoderar de nosotros, los chilangos que todavía creíamos vivir en un oasis en medio del mapa sangriento del país, en donde “no pasaban esas cosas”.

Horas después se daba a conocer otro dato escalofriante: una de las víctimas era el fotoperiodista Rubén Espinosa, corresponsal de Proceso y Cuartoscuro en Veracruz, que había salido de ese estado por amenazas del gobernador Javier Duarte. Esto acabó con otra ilusión: la de que el Distrito Federal era un refugio para los colegas amenazados que se exiliaban aquí creyendo que estarían seguros.

Junto con la nota de la identidad de Rubén surgió otro dato no menos terrible: cuatro mujeres habían sido asesinadas con él.

Posteriormente amigos y familiares de Nadia Vera, antropóloga y activista nacida en Chiapas, emigrada a Veracruz y exiliada en la Ciudad de México, que también había recibido amenazas por parte del gobierno de Duarte, reconocieron las fotografías del departamento de la calle de Luz Saviñón 1909, intentaron contactarla sin respuesta, y comprobaron que una de las mujeres asesinadas era ella.

Muy pronto, a través de las redes sociales, por medio del hashtag #LasVamosANombrar comenzó a surgir la exigencia de visibilizar a las víctimas femeninas. Pero no tardaron los misóginos, los hombres que odian a las mujeres (como en la novela de Stieg Larsson), que cobijados bajo el purismo de “hay que resaltar por encima de lo que sea los asesinatos de periodistas”, acusaron a lxs creadorxs del hashtag de feminazis, reaccionarixs, y quien sabe cuántas cosas más por querer “desviar la atención” hacia el tema de los feminicidios.

Y ¡ojo!, no es que no sea grave que asesinen a periodistas en México: sólo en Veracruz, y sólo en lo que va del sexenio de Duarte (de 2010 a la fecha) 15 comunicadores han muerto violentamente. Y México, como se sabe, es el país más peligroso de América para ejercer el periodismo. Esto es cosa seria.

Pero también lo es que, según consignó Estefanía Vela Barba en su blog de El Universal el 6 de agosto de 2015, cuando la politóloga Denise Dresser tuiteó “No las olvidemos”, otro usuario le respondió: “No creo adecuado contaminar esto con tintes feministas”.

Es curioso como, según este usuario de Twitter, la exigencia de nombrar y de demandar justicia para Nadia Vera, Yesenia Alfaro Quiroz, Mile Virgina Martín y Olivia Alejandra Negrete era “contaminar con tintes feministas”.

Yesenia, Nadia y Mile fueron torturadas y violadas. Sus cuerpos fueron violentados de una manera muy distinta a como mataron a Rubén. La violencia sexual se reservó para ellas. Según las fotografías de la escena del crimen que se filtraron a la prensa, Alejandra y Rubén tenían la ropa puesta cuando les dieron el tiro fatal. La tortura (no menos grave) fue de otro tipo. Este no es el espacio para entrar en detalles morbosos, pero lo que los asesinos hicieron con los cuerpos de Mile, Yesenia y Nadia, no deja duda alguna de su misoginia, de su odio, de la clara intención de ultrajarlas por su condición de mujeres.

En la Narvarte, esa tarde del viernes 31 de julio ocurrió lo que pasa cada vez con más frecuencia en el Estado de México, Ciudad Juárez, Veracruz, Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Nuevo León, la Ciudad de México, Jalisco y Puebla: las mujeres fueron asesinadas con extrema crueldad por su género. Como si ser mujer fuera sinónimo de ser desechable, de segunda. Un cuerpo para humillar, violar, desmembrar, antes de aniquilar.

Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, sólo entre 2012 y 2013 fueron asesinadas 3 mil 892 mujeres en nuestro país. Pero nada más 613 de estos casos fueron investigados como feminicidios. Este organismo también documenta que más de la tercera parte de las víctimas asesinadas de 2009 a 2010 tenía actividades económicas fuera del hogar, o sea, eran mujeres trabajadoras o estudiantes, que no sólo se dedicaban a las labores domésticas. ¿Serían sus muertes una especie de castigo por su deseo de independencia económica y social?, ¿sería la búsqueda de esa habitación propia, como la llamó Virginia Woolf, lo que enfureció a sus asesinos y les hizo pensar que tenían que ser violentadas y destruidas?

Otro estudio (Carga Global de la Violencia Armada 2015. Cada Cuerpo Cuenta) presentado en Ginebra en mayo de 2015 indica que la región del mundo con mayor índice de violencia contra las mujeres es América Latina. Aquí se encuentran 10 de los 25 países con la mayor tasa de feminicidios del mundo.

Tengo el privilegio de conocer a Norma Andrade. El mundo de esta maestra normalista de Ciudad Juárez dio un vuelco cuando asesinaron a su hija en febrero de 2001. Lilia Alejandra fue violada, torturada y tirada en el desierto juarense, como si fuera basura. Norma se convirtió en activista. Fundó, junto con Marisela Ortiz, Nuestras hijas de regreso a casa. Luchando contra la depresión que volvía una tarea titánica acciones tan cotidianas como subir escaleras, contra la indiferencia de las autoridades que nunca dieron con el (o los) asesino(s) de Lilia Alejandra, Norma acompañó a otras madres a buscar a sus hijas, lo que le valió dos atentados que casi acaban con su vida. Afortunadamente no lo consiguieron. Norma Andrade es ahora la madre de sus nietos, que eran unos bebés cuando su hija murió. Sigue trabajando para encontrar mujeres y niñas desaparecidas, o sus restos para que sus familias las entierren.

La necesidad de hacer visible la violencia con la que murieron Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín y Nadia Vera no es extremismo feminista o “feminazismo” como lo llaman algunos.

Tampoco hay intención de restarle gravedad a las muertes de Olivia Alejandra Negrete y de Rubén Espinosa, quien poco antes de ser asesinado había dicho que no quería ser “el número 13”, refiriéndose a los periodistas que habían muerto violentamente en el Veracruz de Duarte.

Es no olvidar que en México las mujeres seguimos siendo víctimas de una violencia atroz, por el sólo hecho de serlo, y que también morimos diferente: nuestros cuerpos son convertidos en campos de batalla y desechados, testigos sin palabras del horror.

*Irma Gallo es escritora y periodista. Es autora del libro Profesión mamá.

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Algunas veces, lo más obvio simplemente nunca se nos ocurre…

Sometimes, what is most obvious simply never occurs to us.

That is what struck me last year as I was sitting at an event about ways to prevent violence. The Secretaria de Gobernacion had organized the discussion and my expectations were very low.

Then, in the early-morning babble about plans and progams and iniciatives and outcomes, I heard something that stunned me.

“The source of all violence is domestic violence.” The speaker was an older woman, a visiting expert from the Interamerican Development Bank.  Behaviour is acquired, not innate, and a child who watches his father beat up his mother learns that it’s OK to beat people up.

Why was I surprised?  First, because of how self-evident her analysis was. And second, because I was suddenly ashamed that I had not thought of it before.

In the narrative of violence in which we have immersed ourselves in Mexico, women seem to play walk-on parts. The roles have become almost cliched. They are mothers – always grieving, often angry, sometimes defiant. They are heroes, unwilling to submit to despair. They are victims, murdered because they are women, caught in the crossfire, or naïve girls who fall in with the wrong lot.

And occasionally, they are the cause of violence, the face of evil, like María de los Ángeles Pineda Villa, the decorative half of the couple that the government says turned the city of Iguala into their personal criminal enterprise.

But the narrative seems to pick up near the end of the story.  If we want to tell the full account of Mexico’s violence, we have to reach back towards the beginning.

That means we have to write about everyday violence.

We could begin with economic violence. In Chiapas a couple of years ago, I visited a woman called Carolina Hernández, a widow with six children living in a one-room concrete house on a rocky hillside where she tends a few goats. Her husband had recently died – he drank too much, she said, although she offered no more details.

There is reproductive violence. I saw eight women released from a Guanajuato prison one day after spending years inside for the supposed crime of homicide after they had suffered miscarriages or undergone abortions.

Without power over property, women are sapped of their autonomy, unable to make the decisions they believe best for themselves and for their children. Without legal power, they have no means to redress injustice.

But no woman is an isolated victim of violence. Each is like a stone flung into a pond, the waves of the impact traveling outward.

Now imagine many stones thrown into the pond, the waves crossing and colliding.

 

 

*Elisabeth Malking es reportera para The New York Times.

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Numeralia

Por Celia del Palacio

¿Para qué sirven los números? ¿Qué significa 13, 15 o 16? ¿Desde cuándo, desde qué año estás contando? No sabemos cuántas son. Entre 2012 y 2015, más de nueve mil mujeres llegaron a hospitales, víctimas de violencia de género en Veracruz. Murieron más de mil. Oficialmente no existen y sin embargo han muerto a golpes, ahogadas, quemadas, tiradas en los cañales con ojos y manos vendadas, desangradas en hoteles de paso, asfixiadas, decapitadas, arrojadas peor que perros en camellones. Otras desaparecen en callejones, en esquinas oscuras y nadie las vuelve a ver.

Los números no sirven para calificar un lugar. Duele más decir Veracruz, así nomás.

Duele callar las palabras: secuestro, asesinato, violación. “¿Feminicidio? ¡Aquí no hay!”

Pocos periódicos hablan de ellas. No merecen atención. Prevalecen en la prensa las voces oficiales que condenan o reprimen, otra vez.  “Se fue con el novio”. “Se lo merecía por vestir así”. “Ella se lo buscó”. “Era prostituta”. “Seguro andaba en malos pasos”.

¿Y las mujeres que escriben? ¿las periodistas? ¿las que ejercen, las que pelean por la libertad de expresión?

Duele decir Regina, duele decir Yolanda. A fuerza de golpes alguien les cerró la boca. Como sus antepasadas, merecían morir lentamente, aunque ya no al fuego que purifica a las hechiceras o rebeldes,  sino a golpes, asfixiadas, decapitadas, o aún peor. Es el precio de decir lo que no se debe. Es el precio de existir.

¿Quién cerró para siempre los ojos de Regina? ¿Quién silenció su voz? ¿Qué mano aviesa registró sus cosas? ¿Qué pluma maldita después de muerta la condenó? No bastaba la muerte: había que arrastrar su vida por el fango, había que inventar valses infames, prendas, zapatillas, amistades peligrosas…Ignominia vil.

Duele decir Sayda, Verónica, Patricia, Claudia, Susana Leticia, Lourdes, Norma, Silvia, María José. Periodistas despedidas, periodistas vilipendiadas en campañas mediáticas ad hoc, periodistas amenazadas de muerte y cercadas en su casa por grupos de choque, periodistas encarceladas con saña, más allá de la razón. Duele no saber los nombres de las otras, las violadas y doblemente víctimas.

Pocos periódicos hablan de ellas. No merecen atención. Prevalecen en la prensa las voces oficiales que condenan o reprimen, otra vez: “Ella los invitó a pasar”, “Periodistas como tú, terminan jodidas”, “¿Quién le manda andar con ellos?”, “¿Por qué aceptó el aventón?”.

¿Libertad?  “No te rebeles”. “No le contestes”. “No te vistas así”. “Mejor no pases por ahí”. ¿De expresión? “No publiques eso”. “Bájale ya”. “No te metas con fulano”. “Eso no se puede decir”.

Los números no sirven para calificar un lugar. Duele más decir Veracruz, así nomás.

 

*Celia del Palacio es escritora e historiadora. Miembro de PEN México, del Sistema Nacional de Investigadores de la UNAM y de la Academia Mexicana de la Historia. Autora de Las mujeres de la tormenta (Suma de Letras, 2012) y Hollywood era el cielo (Suma de Letras, 2014), entre otros títulos.

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Virgen y mártir

Por Bárbara Jacobs

Creo que el primer recuerdo que tengo de ser una persona pensante tuvo lugar a mis seis años de edad, cuando en el umbral de la puerta del salón de primero de primaria, del que yo era alumna, detuve a la monja antes de que saliera, pues acababa de darnos la clase de religión, y quería preguntarle por qué, si la Virgen María era la Madre de Cristo, la llamaban virgen. No advertí si la religiosa se ruborizó de furia pero sí que frunció el ceño cuando me contestó que el alumnado de esa institución (de origen benedictino francés) no cuestionaba los misterios del cristianismo, o algo así. De modo que me quedé con la duda hasta que, en otra lección de ésas la monja nos habló de la resurrección y entonces quise saber a qué edad y en qué estado se resucitaba, pues no me parecía atractivo que alguien que muriera muy viejo, ya con sus facultades medio acabadas, resucitara igual de viejo y de mal. Quería que la monja me tranquilizara al contestarme que a la hora de resucitar uno resucitaba en su mejor momento, aunque hubiera muerto sin alcanzarlo o aunque su mejor momento lo hubiera vivido en la cuna, en caso de que hubiera muerto, precisamente, de muerte de cuna. En esta ocasión tampoco advertí si la monja se sonrojó de furia, pero me consta que volvió a fruncir el ceño al repetirme que un creyente no cuestionaba los principios de su religión. Bueno, pues he aquí una duda más con la que tuve que cargar en la primaria.

Aunque cuando alcancé la adolescencia mis dudas no habían hecho más que aumentar, seguían por el mismo rumbo que las de mi infancia y niñez, si bien quizás algo más agudizadas. A la interrogación sobre la virginidad, se había añadido la del martirio. Las santas solían ser vírgenes y mártires. Para entonces ya me era más fácil entender lo que era una virgen, aunque concibiera, pero no sé si aunque concibiera con mancha; pero, ¿en qué consistía ser mártir? En el diccionario leí que es una persona que sufre persecución y muerte por defender una causa, generalmente religiosa, o por renunciar a retractarse de ella, con lo que da testimonio de su creencia en ella.

Un buen ejemplo es el de Santa Apolonia, que murió en Alejandría en el año 249 AD, para entonces diaconesa de edad avanzada. Registra la enciclopedia: Estalló una persecución de los cristianos por los paganos de Alejandría. Las víctimas eran arrastradas fuera de sus casas y asesinadas; sus propiedades eran saqueadas. Se apoderaron de Apolonia y la golpearon en la cara, le tiraron todos los dientes y, después, prendieron una gran hoguera y la amenazaron con arrojarla dentro si no pronunciaba ciertas palabras impías. Ella les rogó que le dieran unos momentos de tregua, como si fuera a considerar su posición. Entonces, para dar testimonio de que su sacrificio era perfectamente voluntario, tan pronto como la dejaron libre, ella misma se lanzó dentro de las llamas.

Sigue la Vida de los Santos, de Butler: Como un cristiano no puede apresurar su propio fin, San Agustín explica el caso de Santa Apolonia al suponer que ella obró por una dirección particular del Espíritu Santo. Comoquiera que sea, a Santa Apolonia se le invoca contra el dolor de muelas y todas las enfermedades dentales, y se la representa con un diente de oro pendiente de su collar o con un par de pinzas en la mano que sostienen un diente.

Yo preguntaría si cuando resucite Santa Apolonia resucitará con el cuerpo y la dentadura intactos. Tampoco sé si Susana Chávez (n. 5 de noviembre de 1974) va a resucitar íntegra, mutilada como fue encontrada el 6 de enero de 2011, cuando luchaba por esclarecer los feminicidios en Ciudad Juárez, México, ni si llegará a ser considerada santa, virgen y mártir por la religión cristiana. A mí me basta recordarla como poeta, activista social y autora de la frase “Ni una muerta más”.

 

*Bárbara Jacobs es escritora y traductora. Ha sido reconocida con galardones como el Premio Xavier Villaurrutia. Entre sus libros se encuentran Juego limpio, Adiós humanidad, Vidas en vilo y Lunas, entre otros.

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Entrada

El olvido y el silencio son finas formas de censura. PEN Piensa es una plataforma digital que recupera las historias de los escritores y periodistas asesinados o desaparecidos, las voces de quienes han vivido para contar su historia y enfrentar la realidad de su país, así como los caminos de quienes han vivido el exilio.

PEN Piensa intenta construir una memoria y contarle al mundo lo que les sucede a nuestros periodistas y escritores. Así como ellos narran e investigan lo que le pasa a la sociedad de nuestro tiempo, nosotros queremos hablar de lo que a ellos les sucede. Más aún cuando conocemos cifras como ésta: desde 2004, al menos cien periodistas y escritores mexicanos han sido asesinados o están desaparecidos, según el conteo de PEN Internacional y organizaciones como Artículo 19.

PEN Piensa nació en 2014 para hablar sobre la libertad de expresión y para señalar la censura. Gracias a la generosa participación de autores de México, Colombia, Perú, Argentina, Chile, Estados Unidos, Canadá, España, Sudáfrica, Alemania, Reino Unido, entre muchos otros países, este sitio comienza a reunir un abanico literario que será reunido en una sola publicación, a finales de 2018, dándonos una imagen, un mapa de lo que significa la libertad de expresión en nuestro tiempo. Por ello es que PEN Piensa es un hogar para la literatura y, por supuesto, para las expresiones literarias en lenguas minoritarias, quienes han tenido que silenciar su escritura y el retrato de sus tradiciones frente al olvido de su propia lengua.

En esta edición, no sólo recordamos a Javier Valdez, a más de tres meses de su asesinato; a Miroslava Breach, a Regina Martínez; sino que periodistas que han enfrentado los riesgos que, en estos tiempos, conlleva el oficio de investigar e informar en México; algunos reporteros narran sus historias, las amenazas, impunidad y censura a las que se enfrentaron; oros recuerdan sus secuestros y la manera en que el exilio puede cambiar la vida.

Los periodistas no somos una simple o escalofriante cifra, también somos una historia.

Alicia Quiñones